27 octubre 2009

Ojo volador en el Ciclo Verdedanza

En el marco del Ciclo Verdedanza 2009 presentaremos Ojo volador en programa compartido con Deshabitados de Silvia Brunelli.

Sábados 14 y 28 de noviembre, 19 hs.
Viernes 4 de diciembre, 20 hs.


P R O G R A M A C O M P A R T I D O

OJO VOLADOR. Con Ayelén Clavin y Renata Lozupone.
Música: Alan Courtis, Mateo Amaral, Pablo Reche y Luis Marte.
Iluminación: Agnese Lozupone. Asistencia de Dirección: Fernanda Alonso.
Coreografía: Vicky Carzoglio, Ayelén Clavin y Renata Lozupone.
Dirección: Renata Lozupone.

DESHABITADOS. Coreografía: Antonio Morales,
María Virginia Ribera, Martha Martínez Torres, Silvia Brunelli.
Idea y Dirección: Silvia Brunelli.



Complejo Cultural Chacra de los Remedios
Av. Directorio y Lacarra - Pque Avellaneda
ESPACIO TAMBO - 4671 2220

>>> Entrada libre y gratuita
>>> Se suspende por lluvia





Y en exclusiva una reseña de Ale Cosin sobre la obra.

La danza tiene estas ocasiones en las que como espectadores nos parece estar frente a una poetización de nuestros estados de ánimo, o podríamos decir de nuestros estados de ser/estar, como interpretaciones más que metáforas (tropos lingüísticos éstas, que no siempre se adecuan a explicar lo que pretende un artista con su cuerpo: son comparaciones o una suplantación asociativa, si no vivencias nuevas)
Y Ojo Volador da cuenta en su desarrollo de la alegría que nos está costando conseguir, esos momentos claros de contenta relajación. Es una pieza que no habla sobre una relación definida, o sobre una época particular, y así entonces nos permite percibir su transcurrir como si estuviera interpelándonos individualmente desde esas violencias cotidianas, desde esas búsquedas frenéticas y a veces incongruentes de la libertad y el control, y también desde la simpleza del deseo puesto en marcha -cualquier deseo, como el de moverse-. Tiene momentos en los que el sonido (música ruidista de compositores argentinos contemporáneos) parece prepararnos para una escena densa desde lo narrativo, y sin embargo se ven dos muchachas bailar desaforadamente felices tan sólo por estar bailando, como si lo estuvieran haciendo en una fiesta familiar. Y otros momentos en los que la competencia entre las dos es tan cruenta que provocan la toma de partido, y quisiéramos que cambiaran el sentido. Pero nada es tan obvio como para que aburrirnos.

Ojo Volador está construída muy simplemente e interpretada eficazmente, entre cuadros que fluyen junto a la música y a la iluminación (ricamente presente), servidos de una danza acrobática y a la vez femenina, basada en la tensión/relajación pero nunca en el descanso. También se acompañan con objetos que motivan la relación y el movimiento (cambiando dinámicas y dimensiones) pero que pierden su función obvia, como restos de una fábrica abandonada (donde estrenaron el año pasado) y sobre todo zapatos con taco, un poco toscos, que las llevan a situaciones contrapuestas.


ALEJANDRA COSIN, julio 2008







las fotos son de Agnese Lozupone

17 octubre 2009

III Simposio en Lenguajes Artísticos Combinados

Entre el 22 y 24 de octubre del corriente, se desarrollará el III Simposio en Lenguajes Artísticos Combinados. Voy a participar en este encuentro con la Ponencia "El acontecimiento, una experiencia sensible entre 'humanos'", el viernes 23, a las 14 hs.

A continuación, un resumen del trabajo:

Resulta cada vez más difícil pensar nuestra cotidianeidad separada de la tecnología. “La naturaleza está perdiendo su tradicional opacidad y su rigidez típicamente analógica”, afirma Paula Sibilia en su libro "El hombre Postorgánico" (2005, FCE). En los últimos años se han modificado notablemente las relaciones con nuestro entorno físico. Y especialmente, las relaciones entre seres humanos. “¿aún es válido – o siquiera deseable – persistir dentro de los márgenes tradicionales del concepto de ‘hombre’?” (id).

La tecnociencia avanza hacia la profusión contactos ingrávidos, invitándonos a un ‘compartir’ a través de pantallas, escenarios de las nuevas relaciones sociales. Esta tendencia afecta las relaciones ‘cara a cara’, tendiendo a producir cierta “aversión a la materia orgánica” (id p. 112). Frente a esta nueva realidad, las experiencias reales (todas aquellas que ocurren en la interacción con el medio ambiente sensible y con los demás) se han vuelto más intensas.

Nos proponemos analizar en qué sentido resultan valiosas ciertas experiencias escénicas y cómo nos invitan a que participemos de ellas. Creemos que el acontecimiento en que cierto grupo ‘muestra’ o ‘realiza’ en cierto espacio una serie de acciones consideradas de valor especial; produciendo relaciones físicas en las que intervienen la percepción, la locomoción y diversas acciones y reacciones ejercidas sobre el entorno resultan fundamentales para el pensamiento. “El pensamiento poseería una “potencia analogizante” inherente, relacionada con las condiciones materiales de la existencia humana, incluyendo el sufrimiento y el sexo” (id p. 122).

31 julio 2009

Delicioso paseo por nuestra memoria desparramada

Este es el segundo año en que voy con mis alumnos a ver teatro. El año pasado vimos a una de las Residencias del Departamento de Artes Dramáticas del IUNA, la obra se llamaba Doris Day, en estos días en cartel en la Sala Beckett, con dirección de Gustavo Tarrío. Este año, el mismo director trabajó con otra Residencia de la Institución. Se trata de El Cristal, y se propone como un ‘parque de atracciones’.

En este caso fui a ver una de las presentaciones previas al estreno. Confieso que me encanta ser parte de las ‘primeras apreciaciones’, ser uno de los primeros espectadores que transitan el itinerario que propone cierta maquinaria escénica. Siento que mi trabajo, en este caso, consiste en abrirme y dejarme conducir, de formar parte de un acontecimiento, de ver y de sentir. También, de preparar un terreno, de poner marcas en un sendero por el que viajarán muchas almas. Soy una especie de ‘espectador modelo’ con el que se pondrán a prueba los mecanismos que propone la obra para ser completada de una manera en especial. Vaya honor.

La segunda vez, con los jóvenes estudiantes, fue todavía más lindo. Les encantó. Se volvieron locos de admiración por los actores y quedaron fascinados con la experiencia. En lo que todos concordaron es en que la obra no sostiene un ‘tema’. No hay una historia. O al menos ésta no está narrada de una manera lineal, como suele suceder en los espectáculos que parten de un texto dramático y que son los que ellos más conocen. Evidentemente, no podemos participar de ésta propuesta de la misma manera en que lo hacemos con aquéllas. Coincidimos en que no tenemos que buscar o pretender encontrar una ‘Historia’, un ‘Tema’ (con mayúsculas). En efecto, El Cristal no posee ese mazacote grave que nos ‘aconseja’ moralmente y que llamamos generalmente ‘contenido’. Nada más alejado de aleccionarnos, de ponernos al tanto de una de las tantas miserias del género humano, proponiendo salidas o soluciones posibles.

En su lugar, encontramos una inmensa voluntad de contar algo, que se sostiene durante todo el acontecimiento. Un deseo enorme de hacer funcionar al complejo parque de atracciones del que estamos participando. En este lugar especial la obra ubica a sus espectadores. Como si todo sucediera porque hay un otro que mira, que coopera y completa, que percibe y experimenta sensaciones especiales. De esta manera, los actores guían, se dirigen directamente al público y brindan indicaciones sobre cómo tiene que conducirse por las diferentes atracciones. Movidos por ese deseo fundamental de hacer funcionar la máquina, interpretan diferentes personajes, ocupa distintos roles, juegan a ser ‘engranajes’. El riesgo está siempre, porque siempre es diferente.

El lugar que se le da al espectador resulta crucial en El Cristal. Tratándose de una obra contemporánea, cabe en primer lugar que el espectador se pregunte cuál es el lugar que ésta le está dando. Porque si bien en las obras de arte de interpretación (tengan éstas mayor o menor grado de apertura, constituyan procesos generativos con pautas más o menos trabajadas) el espectador suele ocupar un rol más receptivo, es bueno que la obra no descuide a su espectador, y que lo tenga en cuenta. Algo así como lo que plantea Bourriaud en su Estética Relacional. El cristal no deja de dialogar con él, desde el principio se brindan pistas, recorridos posibles y recomendaciones. Los actores hasta ofrecen frazadas para taparse, si es una noche fría. El juego de intercambios posibles ocupa un espacio muy especial, y esta relación determina en gran medida al acontecimiento. Podemos decir ahora que, en realidad, no se trata de que el espectador ‘entienda’ sino de que ‘participe’. Que esté abierto a las atracciones y que haga su propio paseo.

Como dijimos, el trabajo de los intérpretes produjo asombro general. No sólo porque los actores cantaron, bailaron y tocaron instrumentos además de actuar, sino también por estas cuestiones, porque se relacionaban desde ellos y elegían a voluntad representar, o bien ocupar un lugar específico para hacer funcionar el espectáculo. Pero vayamos al suceso.



El espacio resulta bastante abrumador. Se trata de un edificio que en alguna época fue una fábrica, a pocas cuadras de Plaza Once. Es un espacio inmenso y oscuro. Quedamos depositados ahí, cuando en el otro extremo vemos unas presencias apenas iluminadas por velas y faroles, avanzando en un carro musical. Nuestro tiempo cotidiano ha dado paso a otro, a un tiempo profundo. Ahora las cosas que suceden ocupan otra dimensión de nuestra consciencia.

Los actores nos cuentan que ‘todo empezó con una foto’ y luego nos dividen en tres grupos. Cada uno irá a un espacio diferente: el pozo, la casa o la habitación. En cada grupo no hay más de quince personas.

A partir de aquí el juego: recrear y representar un mecanismo, reproducirlo tres veces seguidas, con tres públicos diferentes. Las asociaciones se multiplican, porque el espectador vive la misma situación, pero en lugares distintos: el pozo, la casa y la habitación.

El pozo es como un lugar-estado anímico. Allí no es difícil que nos identificamos con los personajes. ¿Personajes o actores? Oh, en esto no salida. Hay personajes, pero éstos no se identifican con un actor específico. Los personajes pivotean de actor en actor, se desdoblan, se ponen de relieve con recursos imposibles, de lo más absurdos a veces, directamente dirigidos al espectador.

El paseo por la casa es un viaje al imaginario del primer peronismo, el que vivieron nuestros padres y abuelos. Ese en el que el estado protector ofrecía trabajo y casa a todos. Pero aquí también la historia está desbaratada y destruida, como nuestra memoria. Ciertos fragmentos del pasado salen a la luz (a la luz de la ficción) y se actualizan a partir de representaciones que ya nos pertenecían antes.

Porque ¿cómo interpretamos hoy nuestra historia, nuestra ‘epopeya’? Ya no nos asociamos a nuestro pasado de una manera lineal, sino a través de esas representaciones con las que nos encontramos antes (porque ya nos pertenecían, ya nos habíamos identificado con ellas y por eso a éstas hacemos funcionar). Lo que tiene este asunto de notable y curioso, es que muchas de éstas provienen del lenguaje audiovisual. Nos apropiamos del curso de las cosas a través de pantallas con diferentes procedencias, son fragmentos de historia en tiempos desordenados. La cultura audiovisual ha venido a descomponerle el funcionamiento a nuestra ‘épica’. Así es que nuestras Evas son Ester Goris, Madonna y Nacha Guevara, sonriéndonos en los retratos de la habitación. Elementos que intervienen y se actualizan en nuestra memoria, ese sistema desarticulado y maleable de archivos y ventanas que hacemos funcionar a nuestra voluntad y también inconscientemente.

La habitación, otro momento imposible, es una invitación a la representación de una novela que nunca se conoció. Que por alguna desventurada ineptitud fue borrada y entregada al olvido hasta ahora, claro. Es la atracción más íntima y oscura. Hasta se nos advierte que no podemos tocar a los actores. Podemos sentirlos respirar y sufrir tan cerca que resulta exquisito. A mí me tocó tercera en el recorrido y pude disfrutar cómo la historia se articulaba con las otras. Lo mismo sucedería en los otros órdenes, porque ya vimos las anteriores, ya conocemos los intercambios desde esos otros lugares, y pudimos conocer el funcionamiento de la máquina. El espacio se va conectando con el afuera, y como por capas se va abriendo al infinito.

Finalmente, estamos en el mismo lugar en donde todo comenzó. No puedo decir más que me resultó maravilloso el show del final y que si no bajó todavía, lector, no dude en ir a verla.


foto de Valeria Junquera

16 junio 2009

Todas las formas de Florencia

Voy a ver espectáculos como si fueran invitaciones con reglas propias y únicas. Ir descubriéndolas desde el comienzo es un ejercicio que suelo disfrutar. ¡Todo me está diciendo algo! El espacio, la luz, los espectadores que me acompañan, el lugar donde nos ubicamos... ¡El clima también! Y tantas otras cosas, nimiedades, etc.

La invitación, a veces, es de lo más generosa y abierta, de manera que todos podemos, si queremos, relacionarnos completamente con la obra. Entonces participamos en ella desde el fondo de nuestra existencia presente, y la vivimos en relación con lo que somos en ese momento único, en ese lugar particular.

Cuando fui a ver Maneries, de Luis Garay y / con Florencia Vecino, tuve una experiencia significativa y especialmente feliz. De esas que no son nunca iguales. Generalmente elijo ubicarme en primera fila, lo cual reconozco que es un riesgo. Lo más grave que puede pasar, es que la experiencia no me lleve a ninguna parte y que me invada el aburrimiento. Pero incluso en estas ocasiones la puedo pasar bien si me lo propongo. De todas maneras, no es éste caso.

Ante nosotros, un cuerpo se presenta y se mueve casi de manera imperceptible. Nos identificarnos con él y nuestro pensamiento queda enraizado en ese cuerpo vivo. Experimentamos la interacción de ese cuerpo con el entorno. Percibimos la música a través de él. Viajamos en sus desplazamientos, en sus actitudes y acciones. Pero lo que resulta verdaderamente fascinante es que la presencia de ese cuerpo nos permite pensarnos de una nueva manera. Para pensar ¿necesitamos palabras? ¿No necesitamos, básicamente, un cuerpo? Ya lo afirmó Merleau-Ponty. Y creo que es desde éste lugar que podemos disfrutar verdaderamente de la danza. Este vínculo entre mente y cuerpo nos permite transitar miles de formas, y experimentar una batería de sensaciones de diferente tipo e intensidad. Fue así que, completamente absorbida por esas formas mutantes en romance con los bits y los colchones de sonido que ejecutaba DJ Mauro AP in real time, pude pensarme máquina, y luego volverme monstruosa y gutural, y después asociarme a la belleza única de un cuerpo desnudo y cansado moviéndose en el espacio, y luego volverme un perro enfermo vagabundo moribundo, y tantas otras cosas más. Un cuerpo vivo, una piel transpirada, un organismo respirando hondo. Todas las formas de Florencia implicaron un esfuerzo enorme, gozoso y doloroso a la vez. Pero sobre todo, resultaron de un trabajo de gran profundidad. No siempre se reciben invitaciones de este tipo, tan generosas, tan perfectas y tan simples a la vez. Un cuerpo solo que lo abarca todo y que nos llena de entusiasmo y de libertad.


12 mayo 2009

Altunamente



Durante el pasado verano trabajé intensamente en un mural con Carlota Cairo, ceramista de primera y además mi señora madre, ayudándola, decía, en la realización de un mural que le encargó la Municipalidad de Lobos. La idea era reproducir una obra del dibujante Horacio Altuna en técnica de cerámica 'de tercera'. Se le dice así a las piezas que ya visitaron el horno y experimentaron un contacto directo con el calor dos veces antes. En esta tercera cocción serán llevadas a 1150ºC, con posibilidad de revancha una cuarta. ¡Eso se llama tener temple!



Horacio Altuna y Altunamente, foto de Marcelo Rasquetti

28 abril 2009

Tiro al blanco: el espectador

¿Cuando estamos bailando nos preguntamos porqué lo estamos haciendo? Bailar nos da placer porque puede brindarnos una sensación de plenitud, de libertad.
Otras veces nuestra actitud alude al estudio, y esto puede volver la danza más atractiva. Apreciar el control permanente de nuestras acciones y movimientos perfecta y obsesivamente cronometrados.
Al bailar a veces conjugamos el goce con el estudio. Y al construir una obra, ésta puede preguntarse por sí misma, por su sentido. Cosa que pasa todo el tiempo en "Octubre, un blanco en escena", en la que un grupo de bailarinas y el director no hacen más que hacerse preguntas y arrojárselas al público que las recibe a veces atónito, otras confundido o avergonzado, pero bastante entretenido.
Bailamos porque no podemos hacer otra cosa: "Es imposible escuchar esta música y no bailar", dijo Vicky sin dejar de moverse. Después, al final de un impresionante solo de Florencia de poco más de dos minutos, Luis (el director) le pregunta "¿Qué sentís?". Y ella aclara que no sabría decir si se trata de 'emoción'... que en tal caso, de satisfacción por comprobar que el cuerpo le responde a cierta señal que ella envía con el cerebro. Pero 'sentir', no sentía nada, dijo.
La obra se pregunta, decía, por la propia representación, por los mecanismos de lectura del espectador, por la danza en sí misma. (¿La danza contemporánea es aquella que se pregunta por su propio sentido?) Así, aparecen los problemas de interpretación que surgen en el espectador siempre que participa de algún espectáculo de danza o de teatro. Dirección en la que ésta apuntó. Actitud arriesgada si las hay. Expuesta a tal punto que el propio director decide recibir él mismo las reacciones del público en escena. Este espectáculo se propone como un experimento divertido, al menos para sus intérpretes y creadores; y para no pocos espectadores. Sin negar algunos que, cuando tuvieron la oportunidad de participar con el nextel en la mano, también hicieron sus aportes: "¿Ustedes se creen muy inteligentes?".
A veces las obras no quieren que se interprete nada, sobre todo en la danza, con todas sus formas y posibilidades de abstracción. ¿Porqué siempre tiene que haber algo que haya que interpretar? ¿Cómo hacer para romper en el espectador este ejercicio, estos mecanismos con los que suele ver siempre todas las obras? ¿No es posible pensar, tal vez, que las obras, cada obra, tiene sus propios mecanismos de lectura, de interpretación? ¿Siempre hay que 'leer' algo? Festejo que se cuestionen todas estas cosas. Agradezco que me rompan el relato con un inesperado show de brillante virtuosismo (cuyos bailarines me extrañé de no ver en el saludo). Me divierte que hagan participar a la gente (en una obra de danza contemporánea, toda una sorpresa). Me atrae esa actitud de riesgo que sé que implica cada función, que comprobé en la que ví y que intuyo en todas las que no veré.

27 marzo 2009

halo de 'el mejor recital que vi en mi vida'

Fui de las y los que fueron a comprar la entrada ni bien juntaron la plata que fue bastante y claro que costó pero me dio terror pensar en no poder estar allí para verlo y por eso no me quedó otra.
Empezaron los queridos reyes del techno pop antes de lo que pensaba y apenas pudimos ubicarnos pasando la torre de sonido, que más atrás ya hubiera sido demasiado. Pero era de entender siendo parte orgánica de tanta ansiedad apretujada. En lo personal ya no me bancaba la musiquita reggae tan fuera de lugar para mí pero se ve que a los técnicos que armaban el escenario les gustaba y la consideraron adecuada. Hasta que todo había pasado y aparecieron los primeros sonidos y las luces verdes (no sé si eran verdes pero las recuerdo así) y ya sonaba 15 step. Oh mi dios, sentí que se me abría el pecho y me descubrí entonces ahí con todos los demás que como yo no pudimos ni quisimos no estar frente a esta banda que me viene cautivando hace ya diez años cuando compré Ok Computer disco que socavó mis noventas como a muchos de ellos quizá también o tal vez fue otro de sus discos. Guau. Cómo lloré. Cómo salté. Quieta no veía nada así que me la pasé en media puntas o pidiéndole a novio que me levantara de vez en cuando y también dando grandes saltos en los pasajes álgidos y potentes ya que de alguna manera daba es decir venía a ocasión y por suerte se empezaron a abrir algunos alrededor y tuve más aire para respirar. También disfruté mucho de alzar mis brazos en varios momentos pero los bajaba porque nadie me acompañaba en el gesto y no quería tapar a los de atrás ya que no era justo. Pero hubo un tema en el que sí estuvimos todos con los brazos volando y algunos hasta portaban encendedores porque el tema era Karma Police.
Hasta ayer anduve haciendo mis tareas y trabajos de siempre pero completamente aturulada a causa de tanta descarga y recarga de energía que vino a quedarme para siempre en el alma.

18 marzo 2009

School of Seven Bells

Fui a comprar el insecticida para la intrépida mosquita blanca del duraznero. Los días de más calor, en Jantin, mientras hacíamos el mural con mamá, fue como si estuviera nevando de tantas que había. Por todo el patio. Tienen el desplazamiento de los copos de nieve. Sin rumbo y a esa velocidad intermitente, esquizofrénica.

Como en las clases donde los modelos pedagógicos van de la mano y a veces se adelanta uno y quedás suspendida, ingrávida por momentos y por otros vas como loca.

Conseguí al ‘uno de los dos más altamente recomendados’ y ya lo tengo guardado para aplicarlo pronto. Y sacarle una foto al milagro secreto que plantamos en el centro del patio.

También me compré mi tan ansiado tomillo y una maceta de terracota donde ya se luce entre las otras amigas del balcón.

Pampita cruda

28 febrero 2009

Crónica de la intermitencia montevideana por venir

Páinamar no es una cuadrícula. Las calles trazan distintas figuras y es posible que después de caminar unos cuantos metros uno se tope con las mismas casas y caminos por los que ya anduvo. Está grillada con firuletes. Ya habíamos notado esas curvaturas extrañas en el mapa que conseguimos en la casa de turismo, en la calle florida, durante esos días en que ya se está saboreando el paraje al que se dispone a ir a descansar. Pero recién acomodados en los asientos que nos transportaban al mar notamos lo curiosos de algunos de sus nombres: Del Escualo, De la Sirena , Del Congrio, De la Palometa.

Siempre ir a la playa por un camino distinto. En todos ver casas hermosas, estrafalarias, opulentas, vacías o habitadas, pero salvo algunas que nos quedaron fijadas por lo raras, sucias y abandonadas, todas son tipas muy bien mantenidas. En uno de estos recorridos apareció entonces la senda De las noctilucas. Y me invadió toda la magia de Cabo Polonio, lo maravillosas que eran. ¡Cuánta ansiedad! ¿Habría noctilucas en Páinamar? Hicimos la prueba esa misma noche, mientras íbamos hacia el sur por ese espejo movedizo que une mar y playa, donde van a morir las olas. Es en esta superficie donde las había visto aquella única vez. Detrás de una que se fue corrí a buscar a esas chispas fluorescentes con mi zapateo fuerte y seco. No pasó nada. Lo intenté otra vez. Lo repetí varias veces cada vez con más fuerza. Nada. Esa arena era más blanda que la del cabo, mis pies se hundían y dejaban pocitos y los golpes sonaban fofos, pinchados. No había noctilucas, o por lo menos, yo no las había despertado.


Fui a abrazar a mi novio, que se había quedado quieto y callado frente al océano. Y entre la espuma, de repente, apareció una lucecita. Estaba ahí nomás, surfeando. Era una luz amarilla fuerte, se encendía y se apagaba como un pin luminoso. La vimos los dos juntos al mismo tiempo y nos pusimos locos por el hallazgo. No había forma de soltarnos de esa cosita sorprendente que por momentos se perdía entre tantas ondulaciones y que de a poco se fue acercando a la orilla. Era un bichito de luz.


Nos dijo que nos olvidemos de ellas, que hacía tiempo que habían migrado hacia el sur porque por esas playas nadie les daba bola. Que en todo caso nos fijáramos por las Toninas, Reta o Montevideo, que en una de esas teníamos suerte pero que tampoco estaba muy seguro. Vino una ola y lo desplazó otro poco más. Ya casi tocaba la arena seca mientras seguía con su luz intermitente cuando lo dejamos para seguir con nuestro viaje.

13 diciembre 2008

Concierto

Algunas de estas cosas son las que explicó Llorenç Barber sobre el concierto de campanas.



Será Buenos Aires.

Estamos medios adormecidos. Oír al vecino y darle una buena bofetada envenenada con el golpe. Pero no cuadrada. Disímil, irregular y espasmódica. Sacarle el máximo jugo sónico al campanario. Que suene a gloria. La serpiente sónica es explotar la orquesta en el espacio. El sonido que viaja. Sacar a la calle la orquesta. Y lo que se oye en un lugar que se oiga en otro. El nocturno: la importancia de lo casi perfecto. La música del ‘casi’. Maquinaria rengueante. Grupetes de ataques y largos silencios. Dar el golpe y ver qué pasa. Con esa sensación de marcha ceremonial. Pomposa y fúnebre. Colorear los silencios. Un cachivache. Un armónico en un cencerro, campanita, cascabel o tubo macarrón. O manteniendo un agudo badajito. O no hacer nada. El final es una campana como un gran queso sonoro e insistente. Continuidad y progresión con implicación muscular y nerviosa. El gesto se convierte en un chapapote extraordinario de campanas que lo denuncian todo.

Todo esto soñó el músico.