Este es el segundo año en que voy con mis alumnos a ver teatro. El año pasado vimos a una de las Residencias del Departamento de Artes Dramáticas del IUNA, la obra se llamaba
Doris Day, en estos días en cartel en la Sala Beckett, con dirección de Gustavo Tarrío. Este año, el mismo director trabajó con otra Residencia de la Institución. Se trata de
El Cristal, y se propone como un ‘parque de atracciones’.
En este caso fui a ver una de las presentaciones previas al estreno. Confieso que me encanta ser parte de las ‘primeras apreciaciones’, ser uno de los primeros espectadores que transitan el itinerario que propone cierta maquinaria escénica. Siento que mi trabajo, en este caso, consiste en abrirme y dejarme conducir, de formar parte de un acontecimiento, de
ver y de
sentir. También, de preparar un terreno, de poner marcas en un sendero por el que viajarán muchas almas. Soy una especie de ‘espectador modelo’ con el que se pondrán a prueba los mecanismos que propone la obra para ser completada de una manera en especial. Vaya honor.
La segunda vez, con los jóvenes estudiantes, fue todavía más lindo. Les encantó. Se volvieron locos de admiración por los actores y quedaron fascinados con la experiencia. En lo que todos concordaron es en que la obra no sostiene un ‘tema’. No hay una historia. O al menos ésta no está narrada de una manera lineal, como suele suceder en los espectáculos que parten de un texto dramático y que son los que ellos más conocen. Evidentemente, no podemos participar de ésta propuesta de la misma manera en que lo hacemos con aquéllas. Coincidimos en que no tenemos que buscar o pretender encontrar una ‘Historia’, un ‘Tema’ (con mayúsculas). En efecto,
El Cristal no posee ese mazacote grave que nos ‘aconseja’ moralmente y que llamamos generalmente ‘contenido’. Nada más alejado de aleccionarnos, de ponernos al tanto de una de las tantas miserias del género humano, proponiendo salidas o soluciones posibles.
En su lugar, encontramos una inmensa voluntad de contar algo, que se sostiene durante todo el acontecimiento. Un deseo enorme de hacer funcionar al complejo
parque de atracciones del que estamos participando. En este lugar especial la obra ubica a sus espectadores. Como si todo sucediera
porque hay un otro que mira, que coopera y completa, que percibe y experimenta sensaciones especiales. De esta manera, los actores guían, se dirigen directamente al público y brindan indicaciones sobre cómo tiene que conducirse por las diferentes atracciones. Movidos por ese deseo fundamental de hacer funcionar la máquina, interpretan diferentes personajes, ocupa distintos roles, juegan a ser ‘engranajes’. El riesgo está siempre, porque siempre es diferente.
El lugar que se le da al espectador resulta crucial en
El Cristal. Tratándose de una obra contemporánea, cabe en primer lugar que el espectador se pregunte cuál es el lugar que ésta le está dando. Porque si bien en las obras de arte de interpretación (tengan éstas mayor o menor grado de apertura, constituyan procesos generativos con pautas más o menos trabajadas) el espectador suele ocupar un rol más receptivo, es bueno que la obra no descuide a su espectador, y que lo tenga en cuenta. Algo así como lo que plantea Bourriaud en su
Estética Relacional.
El cristal no deja de dialogar con él, desde el principio se brindan pistas, recorridos posibles y recomendaciones. Los actores hasta ofrecen frazadas para taparse, si es una noche fría. El juego de intercambios posibles ocupa un espacio muy especial, y esta relación determina en gran medida al acontecimiento. Podemos decir ahora que, en realidad, no se trata de que el espectador ‘entienda’ sino de que ‘participe’. Que esté abierto a las atracciones y que haga su propio paseo.
Como dijimos, el trabajo de los intérpretes produjo asombro general. No sólo porque los actores cantaron, bailaron y tocaron instrumentos además de actuar, sino también por estas cuestiones, porque se relacionaban desde ellos y elegían a voluntad representar, o bien ocupar un lugar específico para hacer funcionar el espectáculo. Pero vayamos al suceso.

El espacio resulta bastante abrumador. Se trata de un edificio que en alguna época fue una fábrica, a pocas cuadras de Plaza Once. Es un espacio inmenso y oscuro. Quedamos depositados ahí, cuando en el otro extremo vemos unas presencias apenas iluminadas por velas y faroles, avanzando en un carro musical. Nuestro tiempo cotidiano ha dado paso a otro, a un tiempo profundo. Ahora las cosas que suceden ocupan otra dimensión de nuestra consciencia.
Los actores nos cuentan que ‘todo empezó con una foto’ y luego nos dividen en tres grupos. Cada uno irá a un espacio diferente: el pozo, la casa o la habitación. En cada grupo no hay más de quince personas.
A partir de aquí el juego: recrear y representar un mecanismo, reproducirlo tres veces seguidas, con tres públicos diferentes. Las asociaciones se multiplican, porque el espectador vive la misma situación, pero en lugares distintos: el pozo, la casa y la habitación.
El pozo es como un lugar-estado anímico. Allí no es difícil que nos identificamos con los personajes. ¿Personajes o actores? Oh, en esto no salida. Hay personajes, pero éstos no se identifican con un actor específico. Los personajes pivotean de actor en actor, se desdoblan, se ponen de relieve con recursos imposibles, de lo más absurdos a veces, directamente dirigidos al espectador.
El paseo por la casa es un viaje al imaginario del primer peronismo, el que vivieron nuestros padres y abuelos. Ese en el que el estado protector ofrecía trabajo y casa a todos. Pero aquí también la historia está desbaratada y destruida, como nuestra memoria. Ciertos fragmentos del pasado salen a la luz (a la luz de la ficción) y se actualizan a partir de representaciones que ya nos pertenecían antes.
Porque ¿cómo interpretamos hoy nuestra historia, nuestra ‘epopeya’? Ya no nos asociamos a nuestro pasado de una manera lineal, sino a través de esas representaciones con las que nos encontramos antes (porque ya nos pertenecían, ya nos habíamos identificado con ellas y por eso a éstas hacemos funcionar). Lo que tiene este asunto de notable y curioso, es que muchas de éstas provienen del lenguaje audiovisual. Nos apropiamos del curso de las cosas a través de pantallas con diferentes procedencias, son fragmentos de historia en tiempos desordenados. La cultura audiovisual ha venido a descomponerle el funcionamiento a nuestra ‘épica’. Así es que nuestras Evas son Ester Goris, Madonna y Nacha Guevara, sonriéndonos en los retratos de la habitación. Elementos que intervienen y se actualizan en nuestra memoria, ese sistema desarticulado y maleable de archivos y ventanas que hacemos funcionar a nuestra voluntad y también inconscientemente.
La habitación, otro momento imposible, es una invitación a la representación de una novela que nunca se conoció. Que por alguna desventurada ineptitud fue borrada y entregada al olvido hasta ahora, claro. Es la atracción más íntima y oscura. Hasta se nos advierte que no podemos tocar a los actores. Podemos sentirlos respirar y sufrir tan cerca que resulta exquisito. A mí me tocó tercera en el recorrido y pude disfrutar cómo la historia se articulaba con las otras. Lo mismo sucedería en los otros órdenes, porque ya vimos las anteriores, ya conocemos los intercambios desde esos otros lugares, y pudimos conocer el funcionamiento de la máquina. El espacio se va conectando con el afuera, y como por capas se va abriendo al infinito.
Finalmente, estamos en el mismo lugar en donde todo comenzó. No puedo decir más que me resultó maravilloso el show del final y que si no bajó todavía, lector, no dude en ir a verla.

foto de Valeria Junquera