Esa mañana entrar a la galería de la calle Sarmiento fue como meterse en una cueva porque se había cortado la luz. Afuera dejaba al frío y a la lluvia que seguían sin ánimo de parar. La penumbra mostraba a los localitos cerrados y vacíos. Alguna linterna aquí, una lucecita allá. Y cuando ya me resignaba a no encontrarlo percibo que el local once (que se me hace que es el más pequeño de todos los de la galería) gozaba de una notable claridad. Fue entonces que vi al capitán del tiempo bogando en su infaltable grilla diaria, a plena luz de vela. Una sobre su escritorio. Otras tres en la vitrina. Una más en el mostrador. Cada una apoyada en una tapita de reloj, suerte de caparazón metálico que cayó del revés. Detrás de la mesa falsa asomaba su sonrisa aguda. En ese ambiente tranquilo, cálido e íntimo compartimos un café y una breve conversación sobre generadores de luz eléctrica y asuntos triviales de actualidad. Nos indignamos no sin humor de lo mal que anda el mundo y llegado el momento fraccionamos el diario, él se quedó con el cuerpo principal y yo me llevé todos los suplementos y el programa de la feria del libro. No nos interrumpió ningún cliente. Sí sonó el cucú.
El capitán del tiempo siempre gozó de desafiar cualquier circunstancia que altere el curso normal de las cosas. Por factores humanos, del tiempo mismo o de lo que sea. Pero no con pretensión heroica ni por capricho. Por diversión. Vive los imprevistos como juegos. Lo que para otros puede convertirse en un momento difícil o molesto para él es una nueva posibilidad de resolver un problema. ¿Acaso renunciaría a su claringrilla porque se cortó la luz? Sería una pérdida y tal vez de la de este día no se olvide fácilmente.
24 de abril de 2007
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