19 de octubre de 2010

Prácticas grupales porque sí

Las experiencias como ésta no tienen para mí otra finalidad más que seguir afirmando la danza como fuente de goce. Valores agregados: incontables.

Un habitarse originado en la instancia puramente física. Partir, nada menos, que de la Ley de Gravedad. El propio peso del cuerpo, su dimensión, el lugar que ocupa en el espacio. Dejarse ganar por él y entrar en el piso. Volverse romo y blando. Como una pelota deforme de sustancia esponjosa.

No pensamos cada cosa que hacemos con nuestro cuerpo. Pero si lo estamos habitando, si lo estamos viviendo y todo eso que vivimos es atravesado por nuestro cuerpo, entonces las decisiones no pasan por una dimensión consciente. El cuerpo decide todo. Dejar que el cuerpo haga, sin que pase por una instancia reflexiva a priori. Como con nuestros actos reflejos, la reacción aparece sin que la pensemos.
Pero nuestro sistema nervioso también participa de nuestros actos inconscientes. Paradoja psicofísica: un hacer del cuerpo-mente desconectado del consciente. Un remolino de voluntades que interactúan en el presente.




La reacción que así se hace acto es la mejor, porque en definitiva, es la que es. Es en existencia, no en esencia (y así el moebius ontológico). Se entra en un estado de embriaguez bastante particular que nos regresa ciertos comportamientos primarios. Nos rescata los actos que olvidamos en otras etapas de desarrollo. Y desde este lugar, ir al encuentro del otro. De los huecos y superficies de los otros. De los pesos, los impulsos y recovecos que encontramos residiendo en el otro, habitándolo. Alteridad extrema. Ya no hay yo y otro u otros. Hay un desorganismo colectivo siempre viajando, fluctuando y modificándose que sabe que es imposible la quietud y que no podemos atrapar ninguna forma porque en el momento en que nació se desvaneció.


"La danza existe en un punto evanescente perpetuo porque en el momento de su creación se ha ido."

Marcia Siegel