4 de febrero de 2008

Mononada

Dejé el billete arriba del mostrador y la chica dio vuelta la planchita que los sujetaba, donde había una etiqueta con el código de barras y el precio, que borró con un marcador grueso. Después tomó un sobre que parecía de papel de arroz donde los dejó caer y lo pegó con una etiqueta redonda adhesiva blanca, con un chirimbolo dorado hexagonal en el medio. Después se agachó detrás del mostrador, volvió a aparecer con un cartón y me comentó - mirá que los aros no tienen cambio, te lo digo ahora porque sino después... Le dije que sí que estaba bien y desplegó el cartón ese que era en realidad una bolsita negra con manijas de cordón negro también y un motivo de florcitas blancas y todas las direcciones de todos los locales del país en una de las caras laterales. Sonreía y se entretenía. Adentro metió el sobrecito blanco y lo cerró con la abrochadora sobre la que puso una etiqueta igual a la anterior pero doble, de manera que quedó un redondel de cada lado de la boca. Para terminar, de una canastita que había sobre el mostrador sacó una tarjeta con forma de mariposa. Un lado, color rosa, con el nombre de la casa y el otro, blanco, con un primer renglón en el que se leía “De” y abajo otro que decía “Para”, tenía atada una cinta dorada por la que le dio unas vueltas a las alitas y quedó colgada de las manijas de cordón de la bolsa que deslizó hasta mí, agarró el billete, me dio el vuelto y me retiré amable y feliz pensando si hubiera hecho toda esa envoltura o qué habría pasado si le hubiera explicado que ese paquete era para mí porque estaba un poco triste sin saber bien porqué y en esos momentos el mejor remedio era hacerme un regalo inofensivo.