Voy a ver espectáculos como si fueran invitaciones con reglas propias y únicas. Ir descubriéndolas desde el comienzo es un ejercicio que suelo disfrutar. ¡Todo me está diciendo algo! El espacio, la luz, los espectadores que me acompañan, el lugar donde nos ubicamos... ¡El clima también! Y tantas otras cosas, nimiedades, etc.
La invitación, a veces, es de lo más generosa y abierta, de manera que todos podemos, si queremos, relacionarnos completamente con la obra. Entonces participamos en ella desde el fondo de nuestra existencia presente, y la vivimos en relación con lo que somos en ese momento único, en ese lugar particular.
Cuando fui a ver Maneries, de Luis Garay y / con Florencia Vecino, tuve una experiencia significativa y especialmente feliz. De esas que no son nunca iguales. Generalmente elijo ubicarme en primera fila, lo cual reconozco que es un riesgo. Lo más grave que puede pasar, es que la experiencia no me lleve a ninguna parte y que me invada el aburrimiento. Pero incluso en estas ocasiones la puedo pasar bien si me lo propongo. De todas maneras, no es éste caso.
Ante nosotros, un cuerpo se presenta y se mueve casi de manera imperceptible. Nos identificarnos con él y nuestro pensamiento queda enraizado en ese cuerpo vivo. Experimentamos la interacción de ese cuerpo con el entorno. Percibimos la música a través de él. Viajamos en sus desplazamientos, en sus actitudes y acciones. Pero lo que resulta verdaderamente fascinante es que la presencia de ese cuerpo nos permite pensarnos de una nueva manera. Para pensar ¿necesitamos palabras? ¿No necesitamos, básicamente, un cuerpo? Ya lo afirmó Merleau-Ponty. Y creo que es desde éste lugar que podemos disfrutar verdaderamente de la danza. Este vínculo entre mente y cuerpo nos permite transitar miles de formas, y experimentar una batería de sensaciones de diferente tipo e intensidad. Fue así que, completamente absorbida por esas formas mutantes en romance con los bits y los colchones de sonido que ejecutaba DJ Mauro AP in real time, pude pensarme máquina, y luego volverme monstruosa y gutural, y después asociarme a la belleza única de un cuerpo desnudo y cansado moviéndose en el espacio, y luego volverme un perro enfermo vagabundo moribundo, y tantas otras cosas más. Un cuerpo vivo, una piel transpirada, un organismo respirando hondo. Todas las formas de Florencia implicaron un esfuerzo enorme, gozoso y doloroso a la vez. Pero sobre todo, resultaron de un trabajo de gran profundidad. No siempre se reciben invitaciones de este tipo, tan generosas, tan perfectas y tan simples a la vez. Un cuerpo solo que lo abarca todo y que nos llena de entusiasmo y de libertad.
La invitación, a veces, es de lo más generosa y abierta, de manera que todos podemos, si queremos, relacionarnos completamente con la obra. Entonces participamos en ella desde el fondo de nuestra existencia presente, y la vivimos en relación con lo que somos en ese momento único, en ese lugar particular.
Cuando fui a ver Maneries, de Luis Garay y / con Florencia Vecino, tuve una experiencia significativa y especialmente feliz. De esas que no son nunca iguales. Generalmente elijo ubicarme en primera fila, lo cual reconozco que es un riesgo. Lo más grave que puede pasar, es que la experiencia no me lleve a ninguna parte y que me invada el aburrimiento. Pero incluso en estas ocasiones la puedo pasar bien si me lo propongo. De todas maneras, no es éste caso.
Ante nosotros, un cuerpo se presenta y se mueve casi de manera imperceptible. Nos identificarnos con él y nuestro pensamiento queda enraizado en ese cuerpo vivo. Experimentamos la interacción de ese cuerpo con el entorno. Percibimos la música a través de él. Viajamos en sus desplazamientos, en sus actitudes y acciones. Pero lo que resulta verdaderamente fascinante es que la presencia de ese cuerpo nos permite pensarnos de una nueva manera. Para pensar ¿necesitamos palabras? ¿No necesitamos, básicamente, un cuerpo? Ya lo afirmó Merleau-Ponty. Y creo que es desde éste lugar que podemos disfrutar verdaderamente de la danza. Este vínculo entre mente y cuerpo nos permite transitar miles de formas, y experimentar una batería de sensaciones de diferente tipo e intensidad. Fue así que, completamente absorbida por esas formas mutantes en romance con los bits y los colchones de sonido que ejecutaba DJ Mauro AP in real time, pude pensarme máquina, y luego volverme monstruosa y gutural, y después asociarme a la belleza única de un cuerpo desnudo y cansado moviéndose en el espacio, y luego volverme un perro enfermo vagabundo moribundo, y tantas otras cosas más. Un cuerpo vivo, una piel transpirada, un organismo respirando hondo. Todas las formas de Florencia implicaron un esfuerzo enorme, gozoso y doloroso a la vez. Pero sobre todo, resultaron de un trabajo de gran profundidad. No siempre se reciben invitaciones de este tipo, tan generosas, tan perfectas y tan simples a la vez. Un cuerpo solo que lo abarca todo y que nos llena de entusiasmo y de libertad.
