29 de diciembre de 2006
vos papelito
Porque abrí ese cajón donde están los papelitos que no puedo tirar fue que me acordé de vos. El Pupo me mira y pienso en que tengo que sacar las nueces del horno para que no se quemen, charlar a la vez con él, seguirle la conversación, en fin. Qué difícil se hace esto a veces. A veces las nueces se queman o se quema el dedo. Le sale una ampollotota a la que tendré que atender en lo sucesivo. No se puede estar en tantas cosas al mismo tiempo. Pero ¿quién no lo está? ¿es posible vivir de otra manera? Yo intento vivir tanto en mis pies como en mis sueños y así y todo no siempre estoy contenta. Suelo dar volantazos, como dice Diegui. La contractura terminó en llanto. Se juntaron Vicky, David Byrne y la vertical desde la tapa de la cabeza. Se abrieron mis dorsales, algo se jugó y gané un lugar. Un patio de fondo con pileta. Guau qué dicha, señores. Decía que suelo estar en varias cosas a la vez. Ahora no soy la misma, pero sí lo soy. Es decir, soy la misma persona pero no soy la misma persona. Papá soltó el globo aerostático y nos dejó a todos suspendidos en él. Nos fuimos con ese globo y pensé en el que él era cuando tenía ocho años y se robaba frutas de las quinta de los curas y se chapaba los mejillones que entonces abundaban en el puerto. Compraba una bolsa gigante de camarones frescos que nos enseñaba a pelar y que finalmente vaciábamos en algún sitio que prestara su sombra. Desde allí se veían los globos de gas, que sabemos que ya no están. Entonces la Ñaña propuso que, ni bien despegara, le tiremos con las bengalas, tipo misil. Y pensar que el año pasado habíamos escrito cada uno un deseo y se los habíamos pegado al globo nave de deseos superhéroes voladores. Al final no le tiramos con la bengala, porque ya no quedaban. Igual a mí mucho no me copa la pirotecnia. Me da miedo. Crecí y tomé conciencia y las cosas que hacía cuando era una nena sencillamente se fueron con ella. Por suerte tengo mi cajita de música que sino no sé. Hace la danza del globo para que se llene de aire. Ya va y qué habrá sido de vos y porqué no fui esa noche a verte y ya no te vi más. Las cosas que tendría ahora dentro. De los cajones de los papelitos que no se pueden tirar, que no se quieren romper.
11 de diciembre de 2006
La Salada
Cuando era una nena y llegaba el verano iba a la colonia con mis hermanas. La colonia era en La Salada. Bastante temprano sonaba la bocina de Don Héctor, señal de que el micro ya estaba en la puerta esperándonos. Nosotras nunca estábamos listas. Lejos de eso, hubo una vez en que mi mamá salió a la vereda con el turbante en la cabeza, y eso que todavía vivíamos sobre la avenida Boedo. Ella preparaba la vianda por tres. Todo lo preparaba por tres. Cada una tenía una valijita de lata, con un termo. La mía era la del Chapulín Colorado y todavía la tengo. La de María Delia era la de Sarah Kay y la de Agnese la de Plaza Sésamo.
El viaje era largo y supongo que por eso salíamos tan temprano. Cuando por la izquierda el camino bordeaba un riacho yo me daba cuenta de que estábamos por llegar. Desensillábamos en un gran quincho ubicado en medio del parque, que era una especie de centro de operaciones.
A la mañana hacíamos gimnasia. Don Héctor era el entrenador. Todos nos colocábamos intercalados en un claro rodeado de eucaliptos. Podía pasar que en medio de la ejercitación te cayera una gata peluda encima. Esto ocurría con frecuencia. A veces aparecían árboles forrados con gatas peludas. Don Héctor las liquidaba prendiéndolas fuego. Era impresionante ver la llamarada de bichos consumiéndose y cayendo hasta convertirse en una mancha humeante.
Después de hacer gimnasia teníamos clase de natación. A mí no me gustaba esa clase y encima a la mañana el agua estaba fría. Lo más lindo era la pileta libre, pero para eso faltaba mucho todavía. Después de almorzar teníamos que hacer la digestión y no podíamos meternos al agua. Entonces nos pasábamos un buen rato por ahí. Los varones siempre se iban a buscar bichos. Y los encontraban. Aparecían con frecuencia orugas, que para nosotros eran gusanos gigantes y peludos de colores vivos. Los chicos se encargaban de destrozarlas con algún palito. Un acto valeroso que todos los presentes apoyábamos con asombro. Una vez, se armó un revuelo lindo cuando encontraron, en uno de los caños de desagote, dos avispas rojas bastante grandes comiéndose una tarántula. En estos casos bastaba que llegara la noticia para que todos nos apretujáramos y empezáramos a los empujones para ver el espectáculo. También solían aparecer arañas enormes. Yo por suerte nunca me encontré a solas con ninguna.
Si me lastimaba iba a donde estaban Don Héctor y los otros mayores. Había uno que decían que era el médico porque con ese iban todos cuando se lastimaban. Era un hombre morocho y menudo, con anteojos, bastante simpático. Le mostraba mi codo lastimado y me decía “Uy, esto es grave, hay que amputar” y yo no sabía lo que era. Después me daba cuenta de que me estaba cachando.
Unos minutos antes de la hora de la pileta libre, todos nos acomodábamos en el borde. Don Héctor se metía y caminaba unos pasos en el agua, se daba vuelta y decía “Uy, qué mojada que está el agua hoy, che”. Este chiste lo hacía siempre y ya a nadie le causaba gracia. Y sin embargo él siempre se reía, lo que me llamaba mucho la atención. Entonces nos decía que no nos metiéramos hondo y por fin hacía sonar el silbato. En respuesta un griterío de felicidad y un aluvión desaforado que ya conquistaba el gran rectángulo de agua salada. Así empezaban las mejores horas del día en la colonia de La Salada.
El viaje era largo y supongo que por eso salíamos tan temprano. Cuando por la izquierda el camino bordeaba un riacho yo me daba cuenta de que estábamos por llegar. Desensillábamos en un gran quincho ubicado en medio del parque, que era una especie de centro de operaciones.
A la mañana hacíamos gimnasia. Don Héctor era el entrenador. Todos nos colocábamos intercalados en un claro rodeado de eucaliptos. Podía pasar que en medio de la ejercitación te cayera una gata peluda encima. Esto ocurría con frecuencia. A veces aparecían árboles forrados con gatas peludas. Don Héctor las liquidaba prendiéndolas fuego. Era impresionante ver la llamarada de bichos consumiéndose y cayendo hasta convertirse en una mancha humeante.
Después de hacer gimnasia teníamos clase de natación. A mí no me gustaba esa clase y encima a la mañana el agua estaba fría. Lo más lindo era la pileta libre, pero para eso faltaba mucho todavía. Después de almorzar teníamos que hacer la digestión y no podíamos meternos al agua. Entonces nos pasábamos un buen rato por ahí. Los varones siempre se iban a buscar bichos. Y los encontraban. Aparecían con frecuencia orugas, que para nosotros eran gusanos gigantes y peludos de colores vivos. Los chicos se encargaban de destrozarlas con algún palito. Un acto valeroso que todos los presentes apoyábamos con asombro. Una vez, se armó un revuelo lindo cuando encontraron, en uno de los caños de desagote, dos avispas rojas bastante grandes comiéndose una tarántula. En estos casos bastaba que llegara la noticia para que todos nos apretujáramos y empezáramos a los empujones para ver el espectáculo. También solían aparecer arañas enormes. Yo por suerte nunca me encontré a solas con ninguna.
Si me lastimaba iba a donde estaban Don Héctor y los otros mayores. Había uno que decían que era el médico porque con ese iban todos cuando se lastimaban. Era un hombre morocho y menudo, con anteojos, bastante simpático. Le mostraba mi codo lastimado y me decía “Uy, esto es grave, hay que amputar” y yo no sabía lo que era. Después me daba cuenta de que me estaba cachando.
Unos minutos antes de la hora de la pileta libre, todos nos acomodábamos en el borde. Don Héctor se metía y caminaba unos pasos en el agua, se daba vuelta y decía “Uy, qué mojada que está el agua hoy, che”. Este chiste lo hacía siempre y ya a nadie le causaba gracia. Y sin embargo él siempre se reía, lo que me llamaba mucho la atención. Entonces nos decía que no nos metiéramos hondo y por fin hacía sonar el silbato. En respuesta un griterío de felicidad y un aluvión desaforado que ya conquistaba el gran rectángulo de agua salada. Así empezaban las mejores horas del día en la colonia de La Salada.
4 de diciembre de 2006
Galletitas de avena del Crandon
El éxito no es, ni más ni menos, que un resultado feliz. Así lo dice el mataburro que me acompaña desde el segundo año de la secundaria (cómo lo adoro tan destartalado).
El que más disfruto últimamente es el que experimento con estas galletitas de avena, mi versión de una receta del Crandon, un manual de cocina que le regaló mi abuela a mi mamá cuando se casó (también adorable con sus manchas de preparaciones crudas).
- 2 huevos
- 2/3 taza de aceite de maíz o girasol
- unas gotitas de esencia de vainilla
- ralladura de ½ limón
- ¾ taza de azúcar
- 2 tazas de harina común
- 1 taza de avena extrafina
- 2 cditas de polvo de hornear
- ½ cdita de sal
- ½ taza de semillas de girasol tostadas
Batir los huevos con un tenedor. Agregar la vainilla, la ralladura, el azúcar y continuar batiendo. Cernir juntos y agregar los secos y por último, las semillas. Verter por cucharaditas sobre silpat o placa enmantecada. Hornear a fuego fuerte 10 minutos.
El que más disfruto últimamente es el que experimento con estas galletitas de avena, mi versión de una receta del Crandon, un manual de cocina que le regaló mi abuela a mi mamá cuando se casó (también adorable con sus manchas de preparaciones crudas).
- 2 huevos
- 2/3 taza de aceite de maíz o girasol
- unas gotitas de esencia de vainilla
- ralladura de ½ limón
- ¾ taza de azúcar
- 2 tazas de harina común
- 1 taza de avena extrafina
- 2 cditas de polvo de hornear
- ½ cdita de sal
- ½ taza de semillas de girasol tostadas
Batir los huevos con un tenedor. Agregar la vainilla, la ralladura, el azúcar y continuar batiendo. Cernir juntos y agregar los secos y por último, las semillas. Verter por cucharaditas sobre silpat o placa enmantecada. Hornear a fuego fuerte 10 minutos.
3 de diciembre de 2006
Luna y panorama de los insectos
Estamos trabajando con Vicky hace unos meses en un espectáculo de danza que no tiene nombre todavía.
El espectáculo se trata de ciertos vínculos con la naturaleza y de dos mujeres con las mandíbulas caídas.
Nos vienen acompañando Mu, Artaud, los Zombies, Gabo, los sonidos de la Catedral Santa María de Luis Marte, Valeska Gert y otros textos. Un día leímos el poema Luna y panorama de los insectos de Federico García Lorca. Claro que del poema no quedó ni la sombra, pero como es hermoso aquí lo transcribo.
Luna y panorama de los insectos
(POEMA DE AMOR)
La luna en el mar riela,
En la lona gime el viento
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul.
Espronceda
Mi corazón tendría la forma de un zapato
Si cada aldea tuviera una sirena.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
Y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.
Si el aire sopla blandamente
Mi corazón tiene la forma de una niña.
Si el aire se niega a salir de los cañaverales
Mi corazón tiene la forma de una milenaria boñiga de toro.
Bogar, bogar, bogar, bogar,
Hacia el batallón de puntas desiguales,
Hacia un paisaje de acechos pulverizados.
Noche igual de la nieve, de los sistemas suspendidos.
Y la luna.
¡La luna!
Pero no la luna.
La raposa de las tabernas,
El gallo japonés que se comió los ojos,
Las hierbas masticadas.
No nos salvan las solitarias en los vidrios,
No los herbolarios donde el metafísico
Encuentra las otras vertientes del cielo.
Son mentira las formas. Sólo existe
El círculo de bocas del oxígeno.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
Los muertos diminutos por las riberas,
Dolor en longitud,
Yodo en un punto,
Las muchedumbres en el alfiler,
El desnudo que amasa la sangre de todos,
Y mi amor que no es un caballo ni una quemadura,
Criatura de pecho devorado.
¡Mi amor!
Ya cantan, gritan, gimen: Rostro. ¡Tu rostro! Rostro.
Las manzanas son unas,
Las dalias son idénticas,
La luz tiene un sabor de metal acabado
Y el campo de todo un lustro cabrá en la mejilla de la moneda.
Pero tu rostro cubre los cielos del banquete.
¡Ya cantan!, ¡gritan!, ¡gimen!,
¡cubren!, ¡trepan!, ¡espantan!
Es necesario caminar, ¡de prisa!, por las ondas, por las ramas,
Por las calles deshabitadas de la Edad Media que bajan al río,
Por las tiendas de las pieles donde suena un cuerno de vaca herida,
Por las escalas, ¡sin miedo!, por las escalas.
Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar;
Es tan tierno que los reflectores le comieron jugando el corazón.
Y en el Perú viven mil mujeres, ¡oh, insectos!, que noche y día hacen nocturnos y desfiles entrecuzando sus propias venas.
Un diminuto guante corrosivo me detiene. ¡Basta!
En mi pañuelo he sentido el tris
De la primera vena que se rompe.
Cuida tus pies, amor mío, ¡tus manos!,
Ya que yo tengo que entregar mi rostro,
Mi rostro, ¡mi rostro!, ¡ay, mi comido rostro!
Ese fuego casto para mi deseo,
Esta confusión por anhelo de equilibrio,
Este inocente dolor de pólvora en mis ojos,
Aliviará la angustia de otro corazón
Devorado por las nebulosas.
No nos salva la gente de las zapaterías,
Ni los paisajes que se hacen música al encontrar las llaves oxidadas.
Son mentira los aires. Sólo existe
Una cunita en el desván
Que recuerda todas las cosas.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
Los insectos solos,
Crepitantes, mordientes, estremedcidos, agrupados,
Y la luna
Con un guante de humo sentada en la puerta de sus derribos.
¡¡La luna!!
El espectáculo se trata de ciertos vínculos con la naturaleza y de dos mujeres con las mandíbulas caídas.
Nos vienen acompañando Mu, Artaud, los Zombies, Gabo, los sonidos de la Catedral Santa María de Luis Marte, Valeska Gert y otros textos. Un día leímos el poema Luna y panorama de los insectos de Federico García Lorca. Claro que del poema no quedó ni la sombra, pero como es hermoso aquí lo transcribo.
Luna y panorama de los insectos
(POEMA DE AMOR)
La luna en el mar riela,
En la lona gime el viento
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul.
Espronceda
Mi corazón tendría la forma de un zapato
Si cada aldea tuviera una sirena.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
Y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.
Si el aire sopla blandamente
Mi corazón tiene la forma de una niña.
Si el aire se niega a salir de los cañaverales
Mi corazón tiene la forma de una milenaria boñiga de toro.
Bogar, bogar, bogar, bogar,
Hacia el batallón de puntas desiguales,
Hacia un paisaje de acechos pulverizados.
Noche igual de la nieve, de los sistemas suspendidos.
Y la luna.
¡La luna!
Pero no la luna.
La raposa de las tabernas,
El gallo japonés que se comió los ojos,
Las hierbas masticadas.
No nos salvan las solitarias en los vidrios,
No los herbolarios donde el metafísico
Encuentra las otras vertientes del cielo.
Son mentira las formas. Sólo existe
El círculo de bocas del oxígeno.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
Los muertos diminutos por las riberas,
Dolor en longitud,
Yodo en un punto,
Las muchedumbres en el alfiler,
El desnudo que amasa la sangre de todos,
Y mi amor que no es un caballo ni una quemadura,
Criatura de pecho devorado.
¡Mi amor!
Ya cantan, gritan, gimen: Rostro. ¡Tu rostro! Rostro.
Las manzanas son unas,
Las dalias son idénticas,
La luz tiene un sabor de metal acabado
Y el campo de todo un lustro cabrá en la mejilla de la moneda.
Pero tu rostro cubre los cielos del banquete.
¡Ya cantan!, ¡gritan!, ¡gimen!,
¡cubren!, ¡trepan!, ¡espantan!
Es necesario caminar, ¡de prisa!, por las ondas, por las ramas,
Por las calles deshabitadas de la Edad Media que bajan al río,
Por las tiendas de las pieles donde suena un cuerno de vaca herida,
Por las escalas, ¡sin miedo!, por las escalas.
Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar;
Es tan tierno que los reflectores le comieron jugando el corazón.
Y en el Perú viven mil mujeres, ¡oh, insectos!, que noche y día hacen nocturnos y desfiles entrecuzando sus propias venas.
Un diminuto guante corrosivo me detiene. ¡Basta!
En mi pañuelo he sentido el tris
De la primera vena que se rompe.
Cuida tus pies, amor mío, ¡tus manos!,
Ya que yo tengo que entregar mi rostro,
Mi rostro, ¡mi rostro!, ¡ay, mi comido rostro!
Ese fuego casto para mi deseo,
Esta confusión por anhelo de equilibrio,
Este inocente dolor de pólvora en mis ojos,
Aliviará la angustia de otro corazón
Devorado por las nebulosas.
No nos salva la gente de las zapaterías,
Ni los paisajes que se hacen música al encontrar las llaves oxidadas.
Son mentira los aires. Sólo existe
Una cunita en el desván
Que recuerda todas las cosas.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
Los insectos solos,
Crepitantes, mordientes, estremedcidos, agrupados,
Y la luna
Con un guante de humo sentada en la puerta de sus derribos.
¡¡La luna!!
Federico García Lorca
New York, 4 de enero de 1930.
New York, 4 de enero de 1930.
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