Ya estaba todo ordenadamente apoltronado contra el fondo de la habitación más grande. Digo “ordenadamente” porque las dos sabemos muy bien donde está tal o cual cosa y como hacer para llegar a ella. Hoy trabajamos de lo lindo con el señor Ricardo y el señor Victor, más encantadores que la flor del burucuyá. Ellos y los otros caballeros se ocuparon de la colocación de la membrana protectora para que ya no entre agua y no salgan hongos y no se siga estropeando la pared. Después van a pintar una de las habitaciones liberadas de blanco y la otra de amarillo. Me ponen muy contenta estos colores.
Necesitábamos cajas para las Bambalinas sueltas, las encuadernadas por ella misma y otros tantos librejos que por fin hallarían mejor asilo. Así como estábamos, un look combinado de albañil y dentrecasa, caminamos por el centro de Boedo, que es bien distinto de Boedo al fondo. En el mercado discontinuo nos ganamos unos piropos (con esa pinta!) del verdulero y unas cajas de leche “La suipachense” que nos vinieron de repelete. Cumplida la misión vino el recreo en el maxiquiosco. Agnese estaba adentro mientras se hacía la salchicha mientras yo la esperaba en medio de la avenida, con la docena de cartones encima. Ella se reía y yo también, aunque no se bien de qué. Me hizo entrar el antojo de un cortado bien caliente. Volvimos y terminamos la tarea antes de que se largara. De tanta polvareda ya me ardía la garganta y estuve todo el resto del día moqueando negro.
Trajimos una lata redonda, con collares. Quise quedarme con un prendedor amuleto. Es una piedra ovalada color rosa, una rodocrosita, contorneada por una guarda de metal. Si las chicas me dejan, me la quedo. Me gusta mirarla y tenerla en mi mano. Me hace acordar a ella.