Hace poco fui a un museo donde inauguró una muestra mi querida madre y me topé con una obra de alto impacto. Era una india desnuda y extasiada que sostenía una flecha con su mano izquierda. La tomaba de manera que la punta se clavaba en el pecho mientras echaba la cabeza totalmente hacia atrás. Me dio la sensación de que la mujer estaba escuchando un momento de esos bien fatalistas de alguna obra de Wagner. La escultura es de Luis Perlotti, está en el museo que lleva su nombre, se llama La danza de la flecha y está basada en rituales incaicos. Un romántico este Perlotti, pensé. Pero en realidad fui yo la que musicalizó mi contemplación de la india extasiada en su petit mort.
¿Cómo hablar de música, cómo explicarla o porqué? No podemos hablar de ella. Es intraducible. O bien, podemos explicarla dándole diferentes formas y así expresar la forma en que la entendemos. Dándole la razón a Nicholas Cook, nunca podemos hablar de la música propiamente, pero podemos proyectar de diferentes modos la manera en que pensamos en ella. Seleccionarla, pintarla, escucharla, bailarla, analizarla… nuestro modo de vivirla e interpretarla expresa la forma en que la entendemos, lo cual no es otra cosa más que eso: entender un tema musical es sencillamente entender ese tema musical, no entender alguna realidad externa que representa el tema musical.
En el Renacimiento se pensaba que la música, basada las leyes de la armonía, era el reino del espíritu, el reflejo de la armonía del mundo y que, por basarse en leyes naturales, nos fueron dadas por Dios mismo. Esta imagen es El universo concebido como un monocordio, de Robert Fludd, 1617. En ella puede verse cómo existen proporciones matemáticas que conectan las notas musicales con los planetas.

Escuchando nos abocamos a una exploración libre de nuestro inconsciente. Un momento de lo más individual, de pura y dulce armonía introspectiva, nos invade con sus desvaríos, nos pasea por sus escalas y nos hace alcanzar las regiones más profundas de nuestro ser a través de las relaciones fundamentales del sistema tonal, la tensión y el reposo.
Las explicaciones de Wilhelm Reich sobre la función del orgasmo son semejantes a las que los teóricos como Fubini, Dalhaus, los renacentistas y tantos otros nos dan sobre el sistema tonal y sus leyes de la armonía: Tensión, “las sensaciones de placer son tanto más intensas cuanto más suaves, lentos y recíprocamente armónicos son los frotamientos entre los compañeros”. Reposo, “las contracciones musculares involuntarias se hacen más intensas y más frecuentes y la excitación aumenta de manera rápida y abrupta hasta un punto culminante”.

La muerte de amor de Tristán e Isolda nos resuena en el núcleo accumbens. Un grupo de neuronas se encienden de placer y sacan al miedo de la cancha. De una manera absolutamente diferente a cualquier otra, la música se activa en nuestro cerebro permitiéndonos encarnar experiencias individuales, abstractas, intangibles y fugaces. Ya se trate de música absoluta techno minimal o de alguna melodía poplifónica tonal ultraclásica.
Dicho reicheanamente, las travesías melódicas nos hacen sucumbir como en el hecho orgiástico: La conciencia está totalmente ocupada por las percepciones de placer y el Yo se esfuerza por llegar al máximo de tensión. Como la música a Beethoven nos dejó la india, disfrutando sufriendo.
Las explicaciones de Wilhelm Reich sobre la función del orgasmo son semejantes a las que los teóricos como Fubini, Dalhaus, los renacentistas y tantos otros nos dan sobre el sistema tonal y sus leyes de la armonía: Tensión, “las sensaciones de placer son tanto más intensas cuanto más suaves, lentos y recíprocamente armónicos son los frotamientos entre los compañeros”. Reposo, “las contracciones musculares involuntarias se hacen más intensas y más frecuentes y la excitación aumenta de manera rápida y abrupta hasta un punto culminante”.

La muerte de amor de Tristán e Isolda nos resuena en el núcleo accumbens. Un grupo de neuronas se encienden de placer y sacan al miedo de la cancha. De una manera absolutamente diferente a cualquier otra, la música se activa en nuestro cerebro permitiéndonos encarnar experiencias individuales, abstractas, intangibles y fugaces. Ya se trate de música absoluta techno minimal o de alguna melodía poplifónica tonal ultraclásica.
Dicho reicheanamente, las travesías melódicas nos hacen sucumbir como en el hecho orgiástico: La conciencia está totalmente ocupada por las percepciones de placer y el Yo se esfuerza por llegar al máximo de tensión. Como la música a Beethoven nos dejó la india, disfrutando sufriendo.
