20 de febrero de 2010

Introducción fallida para un trabajo académico (algo así como un insecto decapitado)

La academia...
La academia...
Es buena, a veces un tanto ploma la academia, pero necesaria.

Ahora que estoy por presentar el trabajo que me hará terminar mi carrera como Dios manda, eso que se llama 'tesina', empiezo a entender de qué se trata: un MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA DESAPRENDER.



Cuando empecé a escribir este trabajo, lo hice a partir de un conflicto y de las curiosas impresiones que se fueron construyendo en mi mente a partir de la relación entre una obra de la que participé (hace unos cuantos años) y de sus espectadores.

El conflicto tenía que ver con un tema viejo ya, sobre cómo es recibido 'el teatro' y cómo es recibida 'la danza' en la Ciudad de Buenos Aires. Ambas disciplinas (si es que podemos continuar concibiéndolas separadas) vienen cargando, desde que nuestra grandiosa civilización las adoptó, con sus respectivas espadas de Damocles. Me explico. El teatro sigue estando determinado por un texto dramático concebido a priori (una especie de papá legitimador). La danza sigue padeciendo, por su parte, la exigencia de tener siempre algo que representar.




Son afirmaciones demasiado extremas, por supuesto. Demasiado totalitarias para esta época tan líquida, en la que nada parece estar aislado del todo, en la nos tomamos las cosas de manera que no nos afecten, como si todo se hubiera vuelto un tanto inofensivo. Pero extremar tales situaciones resultó una buena estrategia para llegar al fondo de la cuestión. Las preguntas tenían que ver con cómo es que ciertas experiencias escénicas son recibidas y con los mecanismos que presentan en forma implícita para que se participe de ellas de una manera en especial. Todo el asunto fue configurando entonces un territorio de indagación sobre estas estrategias generalmente inconscientes e involuntarias, y dando forma, en cada caso, a paquetes de instrucciones o pistas tácitas de los más diversos tipos (ambiguas, trasparentes, irónicas, caóticas, violentas, imperceptibles, maravillosas...).

Las coloridas impresiones que me fueron encendiendo el seso sobre estos asuntos se originaron durante el proceso de creación del espectáculo Decidí Canción, de Gustavo Tarrío. Luego aparecieron también en un montón de otras obras que tuve el gusto de presenciar y que fueron incluidas en el trabajo.



Lo que hoy puedo percibir es que, en todos estos casos, se trata (como mencioné), de pequeños instructivos para desaprender, de dispositivos que apuntan a que el espectador se vacíe, se desprograme, se sumerja en cada experiencia como una especie de surfer amateur.

Esta introducción no formará parte del trabajo que voy a presentar en la bendita academia. Por eso hice la tesina. Porque es como un insecto que perdió la cabeza y en la aventura de su recuperación trazó un pequeño itinerario de preguntas y observaciones que integran el texto y que, como si esto fuera poco, dio cabida a nuevas preguntas. Todavía no la encontró ¿alguien la vio por algún lado?


las fotos son de Beto, del Mantis y de Agnese Lozupone

variaciones exaltadas en el Hotel Alfar devenido consorcio de propietarios / empresa recuperada

Un shot de piruetas para inyectarle al espacio un arrebatamiento que lo expande o lo vuelve aproximativo, como un ataque de verborragia física. Ansia de frotamiento, de batido, de cohesión tangible, invisible. Rayar el suelo amable, deslizarse. Un gusto por girar y girar y cumplir con un rastro, trazar una arruga, soltar líneas que se esfuman. Ni bien nacieron ya fueron a acabarse.