La 23 era de Jornada Completa, entrábamos a las ocho y salíamos a las cuatro y veinte. Algunos alumnos almorzaban en sus casas y después volvían. Los otros íbamos al Comedor, que era en el patio más grande de la Escuela. Las mesas eran unas tablas que estaban agarradas a las paredes por uno de sus lados. Cuando no se usaban estaban dobladas y enganchadas contra la pared con la única pata que tenían doblada sobre ésta. Todas juntas eran una especie de ejército de tablas de planchar, que abarcaba todo el contorno de ese patio gigante.
Para la comida nos ubicaban de a cinco en las mesas que, como dije, bordeaban todas las paredes del patio. Las cocineras, prolijamente uniformadas con cofia y delantal celeste, eran las mismas que nos servían. En el centro y en una mesa larga con caballetes, almorzaban las Maestras y la Directora. Si bien entre ellas y nosotros había una distancia conveniente, nada podía escaparse a esos ojos. Por más que quisiéramos restarles importancia, ignorarlas o desatenderlas, todos sabíamos que esas presencias estaban ahí, vigilándonos. La situación podría ejemplificar una de las formas de utilización de ese instrumento de control propio de las Instituciones de poder de la Modernidad, el panóptico.
La sensación de estar bajo la mirada de la autoridad era permanente, desde la entrada hasta la salida del recinto. Pero en este momento de la jornada teníamos una jugosa ventaja. Podíamos conversar. Salvo algún foco alborotado, en general las maestras no se levantaban de los asientos de su confortable centro de control. El patio interno de altos techos de chapa funcionaba como una gran caja de resonancia. Diariamente se nos prohibía hablar fuerte pero a los minutos estábamos todos conversando a los gritos. Entre las múltiples voces, los ruidos de los platos, los cubiertos y las sillas era tal el bullicio que se hacía imposible escuchar la conversación de la mesa de al lado. En esas circunstancias tuve mis primeras conversaciones sobre sexo. Mi compañero Julio hacía un gesto con las manos, con una como un tubito y ponía un dedo de la otra adentro. Yo le preguntaba qué era eso, porque hablaban de los padres. Decía que era un cucurucho y que adentro le ponían el helado. Pero no le creí porque se seguía riendo con los otros. No entendía nada.
La pata única de las tablas de planchar tenía que encastrarse en una ranura del piso de baldosas. Este mecanismo falló más de una vez, provocando un acontecimiento fascinante. Primero el estruendo sorpresivo, después su inevitable consecuencia. La inclinación reluciente de la rampa, una parva de vajilla rota alrededor, la comida esparcida por el piso y algún pan todavía carreteando. Los protagonistas naturalmente asustados, uno que otro accidentado, dolorido o llorando, se contraponían a las reacciones de todos los demás, unos cuantos escondiendo la boca para amenguar la carcajada y otros dejándola fluir a sus anchas sin ninguna contradicción. Estos momentos de desorden hoy los recuerdo con muchísima alegría.
Los que se portaban mal no comían en las tablas de planchar. De los cientos que éramos había un chico menudo, de ojos grandes, con muchas pecas y abundante porra negra que era un verdadero demonio. Iba dos o tres grados inferiores al mío, pero si había algún alboroto, si alguna maestra llamaba la atención o retaba a alguien casi siempre éste tenía algo que ver. Como él también iba al comedor, le tocaba almorzar en un lugar diferenciado del resto. Era colocado solo en una mesa pequeña en el centro del recinto, a metros del panóptico. Esta ubicación lo posicionaba más “a mano” de las autoridades en el caso de desobedecer o hacer algo fuera de lugar. Más de una vez presencié escarmientos notables. En una ocasión, el chico se puso a golpear su plato, que era de cerámica, con la cuchara. El sonido se hacía insoportable, las maestras le llamaban la atención con alguna agresión oral, el chico se detenía, pero al momento volvía a repetir el gesto. En uno de los golpes el plato se partió al medio, provocando una carcajada general. Algunos comenzaron a gritar, otros se levantaron y empezaron a burlarse, se armó un lío bárbaro. Pero siguió un trago amargo. Haciendo ejercicio de su poder, una de las maestras lo zamarreó violentamente, le gritó y lo golpeó. El espectáculo se volvió atroz. El chico fue agredido y humillado ante toda la Comunidad Educativa. La Autoridad demostró su poder con un brutal castigo, dando a entender a todos: “esto es lo que les sucede a los alumnos que desobedecen las reglas de la Institución”. Entonces a mí me agarró lástima y también vergüenza, mientras las maestras iban mesa por mesa pidiendo silencio con su particular estilo militar. Al rato, ya no se escuchaba más que los toques tímidos de algunos cubiertos.