27 de abril de 2011

Experimento contra la extrema sojización


Cuando llegamos al cerco les dije a todos los que vinieron que podían hacer lo que quisieran durante el tiempo que duraría la experiencia. Esta hectárea de soja está justo al lado de la casa de Marcela y Pablo, en Balcarce. En este increíble lugar vinimos a pasar un finde con los mundioses y becados Mundo Dios. Desde la casa pueden verse las sierras que cruzamos para entrar en la nueva dimensión; y también se puede observar claramente, delante de éstas, la fábrica de papafritas McCain. Varios cruzamos el cerco por la parte sin alambre de púa. La tierra estaba algo húmeda por la tormenta de la noche anterior, pero no había barro sino en algunos charquitos perdidos.

Una vez hecho esto tomamos el tiempo según su unidad de duración conocida. Sabemos que en cosas así la temporalidad se vuelve maleable y escurridiza. Cronometrar para dar un pie a la práctica musical del campo de soja. Dar inicio con una acción consciente y voluntaria para que en adelante éstas se mezclen con las acciones no intencionadas del campo. Una preparación desde el latido del corazón (esta idea es claramente cageana) y una respiración profunda que nos abre los sentidos y el espíritu.

Hay por lo menos 19 millones de hectáreas plantadas con soja. Afuera, varios paisanos pasan a galope. Nos saludamos con la mano. Ellos un rayo con repiqueteos. Yo un torso borroneado y solo (esta podría ser la partitura).

Recorrer el plantío caprichosamente, esquivando los caminitos. Mis dedos al andar van rozando los extremos de las vainas. Es una caricia suave. A veces la palma se vuelve loca y la mano se hace la garra ágil, fuerte, certera. Con las muñecas voy atrapando los tallos. Tiro despacio para no romperlos. Quiero arrancar las plantas de raíz, lo que me mantiene totalmente atenta al empleo de la fuerza. Hacemos pandam de tallo y espiral. Como un abrazo cóncavo. Un regodeo de ejes libres donde nos suspendemos y nos balanceamos. No sé cuánto dura un instante. Después, exhalamos réquete flojas y oímos el cacareo de las hojas con el pasto. Al tallo lo perdonamos o lo revoleamos para que el viento haga lo que quiera con él. Esto no resulta dificultoso. Se trata solamente de pasarle bien la pelota, evitando elegir el rumbo.

Necesito estar en cuclillas, la posición del borramiento del lenguaje. En este campo además me hizo desaparecer para los demás porque al parecer las plantas de soja me taparon. Tres respiraciones más y nos quedamos completamente en cada aleteo, en cada accidente. Había dejado de pensar. Después fue hermoso ver a los demás jugando y salir corriendo a reunirme con ellos.












las fotos son de Santiago Ruau