11 de octubre de 2006
Turu
Antes de preocuparnos por el espíritu subversivo de Turulato y antes de considerar domesticarlo, era necesario salvarle la vida. El veterinario diagnosticó descalcificado y estuvimos un buen tiempo inyectándole suero con la esperanza de que toda la parte trasera de su anatomía recuperara motricidad. Funcionó. Pasaron unas semanas hasta que cierto día, con todas las dificultades imaginables, finalmente se paró en cuatro patas. Sin perder estoicismo anduvo un tiempo a saltitos como un conejo. Después fue adquiriendo nuevas formas de desplazamiento no menos ridículas. Resultaba interesante observar cómo evolucionaba su cuadro hasta que adquiriera ciertos parámetros de normalidad. Algunos rasgos físicos evolucionaron de manera extraña hasta volverse distintivos. La curvatura de su columna sigue siendo excepcional, parece un caméllido. La cola muerta colgada como de un hilo, de un lado a otro al libre albedrío. Los bigotes los recuperó, cosa que nadie esperaba. Los que le quedaban cuando lo encontramos estaban quebrados. Nos explicó el profesional que los bigotes son como antenas para los gatos. Con lo cual empezamos a pensar que este, además de perder todos sus atributos de gato, había perdido también todas sus vidas. Pero nos equivocamos. Ya se tiró dos veces de la cornisa y en ambas se salvó. La primera porque la madre lo atajó y la segunda cayó bien, estuvo unos meses rengo y perdió un colmillo, pero después se le pasó. De cualquier manera, lo más sorprendente del animal sigue siendo su personalidad. Turulato siempre fue un verdadero jodido y nunca perdió esa mirada de quien se codeó con la muerte, de tipo curtido que de pibe la pasó mal. Cuando lo conocimos respondía a cualquier estímulo mordiendo. Y como ya tantas agresiones gratuitas no venían al caso, consultamos nuevamente a nuestro médico. Él nos sugirió que lo mimáramos sin asco, ya que eso podría llegar a modificarle la conducta. Y así fue. Ya no nos mordió más (salvo de cariño de vez en cuando) pero se hizo adicto a los mimos. Fiel a su estilo para hacerse notar, soltando esos quejidos quebrados en dee-lite, exige caricias cuando sea y responde dándole batalla a los tobillos con uñas y dientes. Hubo una vez en que se atacó y escapó a la calle. Se metió en el motor de un auto trepándose por la rueda, y desde ahí maullaba (o gritaba atormentado) “nooovoy... nooovoy...” . Hoy hace vida de rey. Ciertas noches sale al patio y se queda agazapado contemplando al mundo, como si se lo devorara con esos lamparones amarillos. Aunque lo más probable es que esté buscando cualquier naturaleza intrusa a la que pueda hacer frente. Con qué medios, por favor! Todo lo que no es empíricamente posible para él se configura en su comportamiento misterioso e inexplicable para todos los que lo rodeamos. Nos queda imaginar todo lo que Turulato haría si pudiera.
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