13 de diciembre de 2008

Concierto

Algunas de estas cosas son las que explicó Llorenç Barber sobre el concierto de campanas.



Será Buenos Aires.

Estamos medios adormecidos. Oír al vecino y darle una buena bofetada envenenada con el golpe. Pero no cuadrada. Disímil, irregular y espasmódica. Sacarle el máximo jugo sónico al campanario. Que suene a gloria. La serpiente sónica es explotar la orquesta en el espacio. El sonido que viaja. Sacar a la calle la orquesta. Y lo que se oye en un lugar que se oiga en otro. El nocturno: la importancia de lo casi perfecto. La música del ‘casi’. Maquinaria rengueante. Grupetes de ataques y largos silencios. Dar el golpe y ver qué pasa. Con esa sensación de marcha ceremonial. Pomposa y fúnebre. Colorear los silencios. Un cachivache. Un armónico en un cencerro, campanita, cascabel o tubo macarrón. O manteniendo un agudo badajito. O no hacer nada. El final es una campana como un gran queso sonoro e insistente. Continuidad y progresión con implicación muscular y nerviosa. El gesto se convierte en un chapapote extraordinario de campanas que lo denuncian todo.

Todo esto soñó el músico.