24 de abril de 2007

local 11

Esa mañana entrar a la galería de la calle Sarmiento fue como meterse en una cueva porque se había cortado la luz. Afuera dejaba al frío y a la lluvia que seguían sin ánimo de parar. La penumbra mostraba a los localitos cerrados y vacíos. Alguna linterna aquí, una lucecita allá. Y cuando ya me resignaba a no encontrarlo percibo que el local once (que se me hace que es el más pequeño de todos los de la galería) gozaba de una notable claridad. Fue entonces que vi al capitán del tiempo bogando en su infaltable grilla diaria, a plena luz de vela. Una sobre su escritorio. Otras tres en la vitrina. Una más en el mostrador. Cada una apoyada en una tapita de reloj, suerte de caparazón metálico que cayó del revés. Detrás de la mesa falsa asomaba su sonrisa aguda. En ese ambiente tranquilo, cálido e íntimo compartimos un café y una breve conversación sobre generadores de luz eléctrica y asuntos triviales de actualidad. Nos indignamos no sin humor de lo mal que anda el mundo y llegado el momento fraccionamos el diario, él se quedó con el cuerpo principal y yo me llevé todos los suplementos y el programa de la feria del libro. No nos interrumpió ningún cliente. Sí sonó el cucú.
El capitán del tiempo siempre gozó de desafiar cualquier circunstancia que altere el curso normal de las cosas. Por factores humanos, del tiempo mismo o de lo que sea. Pero no con pretensión heroica ni por capricho. Por diversión. Vive los imprevistos como juegos. Lo que para otros puede convertirse en un momento difícil o molesto para él es una nueva posibilidad de resolver un problema. ¿Acaso renunciaría a su claringrilla porque se cortó la luz? Sería una pérdida y tal vez de la de este día no se olvide fácilmente.

31 de marzo de 2007

Sábados

Me fui a pasear por Costanera Sur porque había un sol irresistible. Caminar para no pensar en nada. Que los patos hagan lo suyo de mí. En la mitad del recorrido se me rompió la ojota. Qué gran invento la ojota. El ojal del medio había arrancado todo un pedazo de la suela que, comprobé, no daba para más. No importó ni hubo que parar, ya se me iba a ocurrir algo. No tenía ganas de pensar en eso y seguí caminando descalza. Nunca había andado por ahí. O tal vez sí pero me olvidé. Eran casi las seis y la sombra ya me llegaba a la nuca. Me acerqué a un carrito y le pedí al chico que atendía una cuerda o un alambre para arreglar mi ojota. Me preguntó si tenía que caminar mucho y le dije que no, sólo hasta la parada del 126. A veces hay accidentes que nos alteran los planes. Nos reímos un rato mientras se inventaba algo con una bolsa rota que finalmente funcionó muy bien.
Eso fue hace una semana. Para hoy, cumpleaños. Preparé unas madalenas de banana y canela. Las voy a envolver en una bolsa de papel celofán y la voy a cerrar con una cabeza de tigre de tela amarilla y bordada que acabo de comprar en una casa china. Es ya una noche para zapato cerrado.

19 de marzo de 2007

La Mugre

Así como doña Carlota no puede agarrar un lápiz y que no le salgan pajaritos yo no puedo llegar al domingo y no comerme un regio plato de pasta con tuco, con los lozupones. Te acordás de la carne que comíamos en "La Mugre"? me dijo un tenedor que se me venía a la boca con un trozo de satisfacción.
Quedaba en Chiclana y Av. La Plata, pero no íbamos todos los domingos. Ni bien tomábamos asiento se acercaba una vieja flaca y menuda, con un plato de albóndigas con tuco. Servía también otra mujer, gorda, igual de enana, rulosa y con los labios pintados. Y detrás de la barra siempre estaba un hombre con delantal, de bigotes y pelo revueltos. La familia se trataba a las patadas con mucha naturalidad aunque no se les entendían las malas palabras porque hablaban en dialecto.
Comer en ese lugar de techos altos con telarañas y manchas de humedad era muy barato, siempre se llenaba e incluso se juntaba gente a esperar su sitio en alguna de sus largas mesas de madera. De repente y sin saber bien cómo, porque el clima era verdaderamente caótico, un plato de fideos venía a estrellarse justo delante de uno. Qué manera de tratar a esa desgracia incomparable. Porque la verdad es que el plato único de "La Mugre" no tenía parangón.
Y yo no me lamento porque hoy, como tantas otras veces, un bocado cualquiera me lo regresa así como si nada.

13 de marzo de 2007

Bailar


A ver. Somos "estas dos minas" (como dice Vicky) con el espejo, que nos muestra lo que no es y si nos gusta o si no. Y si bien ya nos estamos haciendo amigos no se parece, ni de lejos, a una mirada. Es otra cosa. Es un rebote referente obsesionante. Pero ayuda sin duda. Es crucial dentro de la incubadora. Pero hay que controlarse porque genera adicción.
Hace unos días vino Die, con su gran ojo. Gracias a Dié! Los bailes andan atacando y lisergiándose con nuevas cosas que pasan.
Está sucediendo lo que habíamos pensado en un principio, trabajar el movimiento como construcción de "material en blanco" sobre el que luego se imprimirán ritmos, impulsos e intenciones. Sentidos. Pero no "un" sentido.
Entonces hablamos de que el bailarín tiende a buscar y ocuparse de la forma, mientras que el actor se deja atravesar por las fuerzas de lo que sucede pero no controla sus movimientos. Están los dos ahí luchando. Las dos minas están luchando. Están jugando. Está divertido todo esto. Mirá cuando lo amueblemos. ¿Cuántos lugares podrán hablar algún día? Será preciso caminar mucho. Me encanta caminar!
Este filo es uno de los aspectos que más me interesan de la danza. El equilibrio entre control y libertad, técnica y riesgo. Y en algún sentido, forma y contenido. Sobre esta premisa encontré interesantes reflexiones de Ana Itelman en "Archivo Itelman". Y también encontré esta foto vieja de Valeska Gert. Está como suspendida en un sueno y a la vez está muy presente en esa posición. Hace anos que la miro y me resulta de un equilibrio maravilloso. Y siento que lo que está en equilibrio es una pregunta.

9 de marzo de 2007

Chez Ari

Vengo de andar cantando por la calle Oliden, "questa vita che volevo dare a te l'hai sbriciolata tra le dita", es una parte del clásico "L’appuntamento", de Ornella Vanoni. Llego y suelto todo lo que tenía agarrado. Un café y el regio regusto de unos diálogos conmigo. La araña no tiene la culpa de resultarme tan horrorosa. Habría que ver qué le pasaría si se mirara al espejo. Qué idea tonta mirarse al espejo. En ciertas ocasiones puede ser contraproducente. Pero no la luna. Esta gata se llama Luna pero en realidad podría llamarse Calipso o Amaltea, por ser tan de otro planeta. O tal vez Araña. Pero no. Gato. No soy gato, soy gata, dice Luna. Para mí ella también se quedó con ganas de conocer tu chart.