28 de abril de 2009

Tiro al blanco: el espectador

¿Cuando estamos bailando nos preguntamos porqué lo estamos haciendo? Bailar nos da placer porque puede brindarnos una sensación de plenitud, de libertad.
Otras veces nuestra actitud alude al estudio, y esto puede volver la danza más atractiva. Apreciar el control permanente de nuestras acciones y movimientos perfecta y obsesivamente cronometrados.
Al bailar a veces conjugamos el goce con el estudio. Y al construir una obra, ésta puede preguntarse por sí misma, por su sentido. Cosa que pasa todo el tiempo en "Octubre, un blanco en escena", en la que un grupo de bailarinas y el director no hacen más que hacerse preguntas y arrojárselas al público que las recibe a veces atónito, otras confundido o avergonzado, pero bastante entretenido.
Bailamos porque no podemos hacer otra cosa: "Es imposible escuchar esta música y no bailar", dijo Vicky sin dejar de moverse. Después, al final de un impresionante solo de Florencia de poco más de dos minutos, Luis (el director) le pregunta "¿Qué sentís?". Y ella aclara que no sabría decir si se trata de 'emoción'... que en tal caso, de satisfacción por comprobar que el cuerpo le responde a cierta señal que ella envía con el cerebro. Pero 'sentir', no sentía nada, dijo.
La obra se pregunta, decía, por la propia representación, por los mecanismos de lectura del espectador, por la danza en sí misma. (¿La danza contemporánea es aquella que se pregunta por su propio sentido?) Así, aparecen los problemas de interpretación que surgen en el espectador siempre que participa de algún espectáculo de danza o de teatro. Dirección en la que ésta apuntó. Actitud arriesgada si las hay. Expuesta a tal punto que el propio director decide recibir él mismo las reacciones del público en escena. Este espectáculo se propone como un experimento divertido, al menos para sus intérpretes y creadores; y para no pocos espectadores. Sin negar algunos que, cuando tuvieron la oportunidad de participar con el nextel en la mano, también hicieron sus aportes: "¿Ustedes se creen muy inteligentes?".
A veces las obras no quieren que se interprete nada, sobre todo en la danza, con todas sus formas y posibilidades de abstracción. ¿Porqué siempre tiene que haber algo que haya que interpretar? ¿Cómo hacer para romper en el espectador este ejercicio, estos mecanismos con los que suele ver siempre todas las obras? ¿No es posible pensar, tal vez, que las obras, cada obra, tiene sus propios mecanismos de lectura, de interpretación? ¿Siempre hay que 'leer' algo? Festejo que se cuestionen todas estas cosas. Agradezco que me rompan el relato con un inesperado show de brillante virtuosismo (cuyos bailarines me extrañé de no ver en el saludo). Me divierte que hagan participar a la gente (en una obra de danza contemporánea, toda una sorpresa). Me atrae esa actitud de riesgo que sé que implica cada función, que comprobé en la que ví y que intuyo en todas las que no veré.

27 de marzo de 2009

halo de 'el mejor recital que vi en mi vida'

Fui de las y los que fueron a comprar la entrada ni bien juntaron la plata que fue bastante y claro que costó pero me dio terror pensar en no poder estar allí para verlo y por eso no me quedó otra.
Empezaron los queridos reyes del techno pop antes de lo que pensaba y apenas pudimos ubicarnos pasando la torre de sonido, que más atrás ya hubiera sido demasiado. Pero era de entender siendo parte orgánica de tanta ansiedad apretujada. En lo personal ya no me bancaba la musiquita reggae tan fuera de lugar para mí pero se ve que a los técnicos que armaban el escenario les gustaba y la consideraron adecuada. Hasta que todo había pasado y aparecieron los primeros sonidos y las luces verdes (no sé si eran verdes pero las recuerdo así) y ya sonaba 15 step. Oh mi dios, sentí que se me abría el pecho y me descubrí entonces ahí con todos los demás que como yo no pudimos ni quisimos no estar frente a esta banda que me viene cautivando hace ya diez años cuando compré Ok Computer disco que socavó mis noventas como a muchos de ellos quizá también o tal vez fue otro de sus discos. Guau. Cómo lloré. Cómo salté. Quieta no veía nada así que me la pasé en media puntas o pidiéndole a novio que me levantara de vez en cuando y también dando grandes saltos en los pasajes álgidos y potentes ya que de alguna manera daba es decir venía a ocasión y por suerte se empezaron a abrir algunos alrededor y tuve más aire para respirar. También disfruté mucho de alzar mis brazos en varios momentos pero los bajaba porque nadie me acompañaba en el gesto y no quería tapar a los de atrás ya que no era justo. Pero hubo un tema en el que sí estuvimos todos con los brazos volando y algunos hasta portaban encendedores porque el tema era Karma Police.
Hasta ayer anduve haciendo mis tareas y trabajos de siempre pero completamente aturulada a causa de tanta descarga y recarga de energía que vino a quedarme para siempre en el alma.

18 de marzo de 2009

School of Seven Bells

Fui a comprar el insecticida para la intrépida mosquita blanca del duraznero. Los días de más calor, en Jantin, mientras hacíamos el mural con mamá, fue como si estuviera nevando de tantas que había. Por todo el patio. Tienen el desplazamiento de los copos de nieve. Sin rumbo y a esa velocidad intermitente, esquizofrénica.

Como en las clases donde los modelos pedagógicos van de la mano y a veces se adelanta uno y quedás suspendida, ingrávida por momentos y por otros vas como loca.

Conseguí al ‘uno de los dos más altamente recomendados’ y ya lo tengo guardado para aplicarlo pronto. Y sacarle una foto al milagro secreto que plantamos en el centro del patio.

También me compré mi tan ansiado tomillo y una maceta de terracota donde ya se luce entre las otras amigas del balcón.

Pampita cruda

28 de febrero de 2009

Crónica de la intermitencia montevideana por venir

Páinamar no es una cuadrícula. Las calles trazan distintas figuras y es posible que después de caminar unos cuantos metros uno se tope con las mismas casas y caminos por los que ya anduvo. Está grillada con firuletes. Ya habíamos notado esas curvaturas extrañas en el mapa que conseguimos en la casa de turismo, en la calle florida, durante esos días en que ya se está saboreando el paraje al que se dispone a ir a descansar. Pero recién acomodados en los asientos que nos transportaban al mar notamos lo curiosos de algunos de sus nombres: Del Escualo, De la Sirena , Del Congrio, De la Palometa.

Siempre ir a la playa por un camino distinto. En todos ver casas hermosas, estrafalarias, opulentas, vacías o habitadas, pero salvo algunas que nos quedaron fijadas por lo raras, sucias y abandonadas, todas son tipas muy bien mantenidas. En uno de estos recorridos apareció entonces la senda De las noctilucas. Y me invadió toda la magia de Cabo Polonio, lo maravillosas que eran. ¡Cuánta ansiedad! ¿Habría noctilucas en Páinamar? Hicimos la prueba esa misma noche, mientras íbamos hacia el sur por ese espejo movedizo que une mar y playa, donde van a morir las olas. Es en esta superficie donde las había visto aquella única vez. Detrás de una que se fue corrí a buscar a esas chispas fluorescentes con mi zapateo fuerte y seco. No pasó nada. Lo intenté otra vez. Lo repetí varias veces cada vez con más fuerza. Nada. Esa arena era más blanda que la del cabo, mis pies se hundían y dejaban pocitos y los golpes sonaban fofos, pinchados. No había noctilucas, o por lo menos, yo no las había despertado.


Fui a abrazar a mi novio, que se había quedado quieto y callado frente al océano. Y entre la espuma, de repente, apareció una lucecita. Estaba ahí nomás, surfeando. Era una luz amarilla fuerte, se encendía y se apagaba como un pin luminoso. La vimos los dos juntos al mismo tiempo y nos pusimos locos por el hallazgo. No había forma de soltarnos de esa cosita sorprendente que por momentos se perdía entre tantas ondulaciones y que de a poco se fue acercando a la orilla. Era un bichito de luz.


Nos dijo que nos olvidemos de ellas, que hacía tiempo que habían migrado hacia el sur porque por esas playas nadie les daba bola. Que en todo caso nos fijáramos por las Toninas, Reta o Montevideo, que en una de esas teníamos suerte pero que tampoco estaba muy seguro. Vino una ola y lo desplazó otro poco más. Ya casi tocaba la arena seca mientras seguía con su luz intermitente cuando lo dejamos para seguir con nuestro viaje.

13 de diciembre de 2008

Concierto

Algunas de estas cosas son las que explicó Llorenç Barber sobre el concierto de campanas.



Será Buenos Aires.

Estamos medios adormecidos. Oír al vecino y darle una buena bofetada envenenada con el golpe. Pero no cuadrada. Disímil, irregular y espasmódica. Sacarle el máximo jugo sónico al campanario. Que suene a gloria. La serpiente sónica es explotar la orquesta en el espacio. El sonido que viaja. Sacar a la calle la orquesta. Y lo que se oye en un lugar que se oiga en otro. El nocturno: la importancia de lo casi perfecto. La música del ‘casi’. Maquinaria rengueante. Grupetes de ataques y largos silencios. Dar el golpe y ver qué pasa. Con esa sensación de marcha ceremonial. Pomposa y fúnebre. Colorear los silencios. Un cachivache. Un armónico en un cencerro, campanita, cascabel o tubo macarrón. O manteniendo un agudo badajito. O no hacer nada. El final es una campana como un gran queso sonoro e insistente. Continuidad y progresión con implicación muscular y nerviosa. El gesto se convierte en un chapapote extraordinario de campanas que lo denuncian todo.

Todo esto soñó el músico.