Sobre la pizarra sánguche de la vereda hay un papel pegado y escrito en marcador chocolate con churro. Paso nomás y tomo asiento. Ya basta de mascarada turística y mitos caricaturizados. Prefiero este bar de cocina a la vista y paredes de azulejos blancos. Imágenes de la vida inundada del boquense y también (otra vez) el transbordador Avellaneda y el paisaje desconocido sobre el que Quinquela montó Caminito. Y de barquitos al óleo todo lo que soporte la otra pared. Una obra de arte de algún obrero-pintor. Enmarcados, como tiene que ser, sonríen las estrellas locales y firman: Para los amigos de "La Chirilísima" con afecto. Se repite y autohomenajea el club xeneise en afiches y propagandas. Sobrar al rival. Para todas las gallinas, Boca bicampeón 2006. tu papá.
Lo que hay de carnaval no lo encontré en otro lado. La murga más numerosa existe y se llama Los amantes de La Boca. A metros del bar está el playón. Cartelitos de los corsos memorables y fotos de murguistas y disfrazados. Y solito, escondido tras la puerta, un volantito forrado con nylon con la imagen de uno que de lejos parece Pugliese, pero no. Es imposible acercarse a leer sin que todos los presentes lo puedan percibir. El Doctor del Pueblo. A Norberto Tordesca, ciudadano ilustre del barrio de La Boca, dirigente del Partido Comunista y médico barrial. Ciudadanos del barrio de La Boca. Y a correrse rápido que de acá entra y sale gente como si fuera esta su casa. Y todos, digo todos, saludan al entrar. A los gritos. De la cocina responden, por supuesto. Se la ve a la mesa atrás del mostrador, en el centro de la tradición. Todo alrededor, máquinas gastronómicas que ya son objetos de antigüedad, pero que acá colaboran en la preparación del plato del día, que no para de salir.
Un amigo me dijo que no va a La Boca ni de noche ni de día. No es para tanto, che. Que al final, te lo perdés.
21 de agosto de 2006
23 de julio de 2006
Mandarinas
Vicky y yo solemos recorrer juntas unas cuadras tranquilas por el barrio de donde ella es ahora. Y como es “su” barrio, es ella la que me lleva a mí. Marca entonces un itinerario escalonado, con muchos árboles con hojas irritadas por la estación, moradas, amarillas, coloradas. Las casas calladas, antiguas, pero joviales. Hay muy poca gente y pienso que tal vez estarán todos almorzando. Es el momento de una claridad tan generosa que me olvido de apresurarme por todas las cosas que tengo que hacer y saco de la mochila dos mandarinas. Una para Vicky y la otra para mí. Entonces sí que me siento completa.
Mi verdulero dice que esas medianas y duritas, con la piel apretadita y bien bermellonas se llaman nova. Las nova son las que más me gustan. Pelarlas es un tanto complicado, sobre todo si tenés las uñas tan cortas como yo, pero vale la pena. Vicky suele comprar las criollas, que son más chicas y con hojitas. Las criollas son fáciles de pelar y suelen tener muchas semillas. A las semillas de las criollas se las puede escupir, con más razón si la calle está solitaria. Ahora, no siempre son tan dulces, a veces tiran a ácidas, como le gustan a ella. Igual, venimos suertudas con las mandarinas. En lo que va del año me comí solo una que no me dijo nada, una noche recontra fresca en que compré algunas porque no tenía monedas. Me engañó el cartel. Muydulcesbuenísimas. También están las daisy (perdón, dancy). Anaranjadas, dulces y de cáscara finita. Otras que me gustan son las elendale. Lo que tienen de bueno las elendale es que son bien grandes, con una sola alcanza. Porque no hay que comer mandarinas de más. Una vez, cuando era chica, me comí cuatro juntas y me descompuse. Naturalmente.
Vicky dice que si fuera mandarina sería como las criollas. Sí, porque la cáscara les va re cómoda. Es como si se vistieran onda “casual work” o “look dentrecasse”. No andan con cubierta apretada, ni se pasan de pituconas. Y yo también me siento como las criollas. Sobre todo un lunes a la mañana, en este invierno incipiente e indeciso, en el que celebro la libertad de no tener que ponerme como una nova.
Mi verdulero dice que esas medianas y duritas, con la piel apretadita y bien bermellonas se llaman nova. Las nova son las que más me gustan. Pelarlas es un tanto complicado, sobre todo si tenés las uñas tan cortas como yo, pero vale la pena. Vicky suele comprar las criollas, que son más chicas y con hojitas. Las criollas son fáciles de pelar y suelen tener muchas semillas. A las semillas de las criollas se las puede escupir, con más razón si la calle está solitaria. Ahora, no siempre son tan dulces, a veces tiran a ácidas, como le gustan a ella. Igual, venimos suertudas con las mandarinas. En lo que va del año me comí solo una que no me dijo nada, una noche recontra fresca en que compré algunas porque no tenía monedas. Me engañó el cartel. Muydulcesbuenísimas. También están las daisy (perdón, dancy). Anaranjadas, dulces y de cáscara finita. Otras que me gustan son las elendale. Lo que tienen de bueno las elendale es que son bien grandes, con una sola alcanza. Porque no hay que comer mandarinas de más. Una vez, cuando era chica, me comí cuatro juntas y me descompuse. Naturalmente.
Vicky dice que si fuera mandarina sería como las criollas. Sí, porque la cáscara les va re cómoda. Es como si se vistieran onda “casual work” o “look dentrecasse”. No andan con cubierta apretada, ni se pasan de pituconas. Y yo también me siento como las criollas. Sobre todo un lunes a la mañana, en este invierno incipiente e indeciso, en el que celebro la libertad de no tener que ponerme como una nova.
12 de julio de 2006
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

