19 de octubre de 2010

Prácticas grupales porque sí

Las experiencias como ésta no tienen para mí otra finalidad más que seguir afirmando la danza como fuente de goce. Valores agregados: incontables.

Un habitarse originado en la instancia puramente física. Partir, nada menos, que de la Ley de Gravedad. El propio peso del cuerpo, su dimensión, el lugar que ocupa en el espacio. Dejarse ganar por él y entrar en el piso. Volverse romo y blando. Como una pelota deforme de sustancia esponjosa.

No pensamos cada cosa que hacemos con nuestro cuerpo. Pero si lo estamos habitando, si lo estamos viviendo y todo eso que vivimos es atravesado por nuestro cuerpo, entonces las decisiones no pasan por una dimensión consciente. El cuerpo decide todo. Dejar que el cuerpo haga, sin que pase por una instancia reflexiva a priori. Como con nuestros actos reflejos, la reacción aparece sin que la pensemos.
Pero nuestro sistema nervioso también participa de nuestros actos inconscientes. Paradoja psicofísica: un hacer del cuerpo-mente desconectado del consciente. Un remolino de voluntades que interactúan en el presente.




La reacción que así se hace acto es la mejor, porque en definitiva, es la que es. Es en existencia, no en esencia (y así el moebius ontológico). Se entra en un estado de embriaguez bastante particular que nos regresa ciertos comportamientos primarios. Nos rescata los actos que olvidamos en otras etapas de desarrollo. Y desde este lugar, ir al encuentro del otro. De los huecos y superficies de los otros. De los pesos, los impulsos y recovecos que encontramos residiendo en el otro, habitándolo. Alteridad extrema. Ya no hay yo y otro u otros. Hay un desorganismo colectivo siempre viajando, fluctuando y modificándose que sabe que es imposible la quietud y que no podemos atrapar ninguna forma porque en el momento en que nació se desvaneció.


"La danza existe en un punto evanescente perpetuo porque en el momento de su creación se ha ido."

Marcia Siegel


29 de junio de 2010

Empaparse de CsO

Deshacer el organismo nunca fue matarse. Desorganizar el cuerpo menos que menos. Así que todos los órganos bien predispuestos a complacer el ansia de desconfiguración. La experimentación antipsicoanalítica del programa (porque CsO no es un fantasma, es un programa).

Para hacernos un cuerpo sin órganos primero hay que ser Nada. Después, poblarse de intensidades. Nada mejor que la música que nos venga en gana. La que creamos la mejor herramienta para desarmar los mecanismos conocidos.

Una invitación a la exploración sensomotriz, pero yendo a lejos. Viene de la hondura, desde el centro, hacia el espacio. Y se va a lejos. Vibra heng: suavidad en lo interno y movilidad en lo externo. Deseo y materia para el campo de inmanencia CsO.

Es la práctica de desarticulación de órganos y derroche energético. Un injerto de dominios oníricos, sexuales, neuróticos e infantiles se juegan en actos desatados como crímenes o caprichosos como gritos o patadas. CsO es verborrágico. Se atolondra y falla. Arenga su falla.



"La conciencia conoce, sobre todo, hasta dónde va su ser, y hasta dónde todavía no ha ido o no tiene el derecho de ir sin caer en la irrealidad, lo ilusorio, lo no-hecho, lo no-preparado... Plan que la conciencia normal no alcanza, pero que el Ciguri nos permite alcanzar, y que es el misterio de toda poesía".
ANTONIN ARTAUD

9 de junio de 2010

oooh il corpo

Resulta que estoy embarcada en un Universo Guattariano. El hombre dice que existe cierta cosa, una entidad que pone a igual nivel los dominios incorporales de valor y de virtualidad, y aquellos dominios de objetos engastados en coordenadas energético-espacio-temporales.

La carne de la sensación y la materia de lo sublime INEXTRICABLEMENTE MEZCLADAS

( ->>>> en realidad siempre habría sido así)



¿qué tipo de cosa sería esta
entidad?. ..



Y ENTONCES BAILA => ( PIENSA ) : : :



Ahora es lo perfecto porque puedo mirarme el dedo gordo del pie y porque prefiero ir rumbo a lo desconocido tomando senderos que me vuelven extraño a mí mismo. Estar en la orilla de la práctica, sin identidad fija, siempre descentrado, deducido de los estados por los que paso, como una máquina autopoiética que ató a su pecho unos cuantos animalitos amoretonados.