23 de septiembre de 2008

Adoquines


Hay un asunto civil que me tiene un tanto enfurecida, atristezada y llena de indignación. Se trata de los adoquines. Hace unos cuantos días que me vengo encontrando montañas de estos cubotes pesados y macizos en las veredas, después de haber sido extirpados de su lugar, el único lugar en el que deben estar.
¿Qué vamos a hacer ahora, eh? Porque no existe nada que pueda reemplazar a este suelo sin el que, lo sabemos bien, las calles de los barrios ya no serán las mismas.
¿A quién se le ocurre? En mi opinión, es un argumento muy pavote es ese de que ‘los quitan por mayor seguridad’ y que ‘los adoquines son resbaladizos’ y que ‘hay muchos baches’. Si hay baches ¿Por qué no los arreglan? Si los suelos adoquinados de los barrios resbalan entonces que los vehículos sigan haciendo lo que hacían hasta ahora y que vayan más lento y con más cuidado. Mientras, los motorizados pueden disfrutar del paisaje y de la intimidad de una calle desconocida. Casi todos los autos que se meten en el pasaje Jantin, se pierden y tienen que parar ante la duda de si doblan a la derecha o a la izquierda. Cuántas veces pude verlos, detenidos al llegar a la esquina, mirando para un lado y para otro sin saber cómo seguir. Puede ser una experiencia interesante no saber para donde disparar. Ahora, si asfaltan el pasaje, es posible que terminen estrolados contra la rampa de hormigón que no lleva a ningún lado, o contra algún árbol, casa o vecino tomando mate en la reposera.
Lo peor del caso es que un señor me comentó que los piensan vender a tres pesos para colocarlos en los countris. ¿Será verdad? Esta medida sí que es de muy mal gusto. ¿No nos deberían haber preguntado a nosotros antes de arrebatarnos así nuestro paisaje? Yo no quiero ese suelo alisadito y maricón del asfalto. ¿Y los pobres adoquines irán a parar a Nordelta? No deja de parecerme muy absurdo todo esto.
Esta foto tan hermosa es de Horacio Coppola. Sí, otra forma de vivir el tiempo, eso es lo que tienen los adoquines. Los divertidos de los countris en una de esas lo entienden. O no.

30 de marzo de 2008

Rabona


foto de Maru Cheb

Término futbolero.
Golpe al balón hacia adelante cruzando con las piernas.

28 de marzo de 2008

tripalandia hoy

No mirarle la cara al proveedor que le dice al chino que “nos tenemos que cubrir”, mirar al verdulero contenido que me vende un kilo de tomates carísimos y con suprema mala onda. Una vieja le pregunta si tuvo problemas para conseguir las frutas, porque ve el camión en la puerta bajando todo, como si nada. Ni la mira. Está escuchando al tipo prepotente. Hoy en tripalandia no había olor a achura, había olor a chicharrón. Cuando lo supe dormitaba en el colectivo y entonces se me ocurrió hacer unas empanadas de chorizo y papas para el viernes. No tener miedo si por Alberdi andan diciendo que están cerrando todo porque vienen de la general paz, que están viniendo de la provincia dicen. Las mujeronas comentan. Prefiero ser fría para poder mirar lo que pasa y si es tal la alarma o es un fantasma. Estos días voy a tomar menos café, no es bueno tomar tanto café aunque me gusta mientras estudio. Resistir estoica, qué tanto. Consumir menos un ejercicio sensato. Que se metan los kiwis en el culo que yo no se los pienso comprar. Lo que sí me compré es un palito muy simpático para rascarse la oreja.

4 de febrero de 2008

Mononada

Dejé el billete arriba del mostrador y la chica dio vuelta la planchita que los sujetaba, donde había una etiqueta con el código de barras y el precio, que borró con un marcador grueso. Después tomó un sobre que parecía de papel de arroz donde los dejó caer y lo pegó con una etiqueta redonda adhesiva blanca, con un chirimbolo dorado hexagonal en el medio. Después se agachó detrás del mostrador, volvió a aparecer con un cartón y me comentó - mirá que los aros no tienen cambio, te lo digo ahora porque sino después... Le dije que sí que estaba bien y desplegó el cartón ese que era en realidad una bolsita negra con manijas de cordón negro también y un motivo de florcitas blancas y todas las direcciones de todos los locales del país en una de las caras laterales. Sonreía y se entretenía. Adentro metió el sobrecito blanco y lo cerró con la abrochadora sobre la que puso una etiqueta igual a la anterior pero doble, de manera que quedó un redondel de cada lado de la boca. Para terminar, de una canastita que había sobre el mostrador sacó una tarjeta con forma de mariposa. Un lado, color rosa, con el nombre de la casa y el otro, blanco, con un primer renglón en el que se leía “De” y abajo otro que decía “Para”, tenía atada una cinta dorada por la que le dio unas vueltas a las alitas y quedó colgada de las manijas de cordón de la bolsa que deslizó hasta mí, agarró el billete, me dio el vuelto y me retiré amable y feliz pensando si hubiera hecho toda esa envoltura o qué habría pasado si le hubiera explicado que ese paquete era para mí porque estaba un poco triste sin saber bien porqué y en esos momentos el mejor remedio era hacerme un regalo inofensivo.