Sin embargo, hay una pregunta que me da vueltas en la cabeza desde que empezó. ¿Qué no aparece aquí? ¿Quién falta? Y me lo pregunto como espectadora. Como estudiante y como curiosa amante de recibir, de disfrutar y de apreciar lo que veo. Me estoy preguntando por la programación de las obras. Son espectáculos que conozco en su mayoría. A varios los vi ya y me gustaron mucho. Otros no. ¿Y qué? ¿No puedo reconocer en ellos el trabajo, el valor, aunque no me hayan gustado? ¿No son ‘aptos’ o ‘idóneos’ y por lo tanto merecedores de un espacio en el Festival? Sí. Entonces está bien que estén. El problema es ‘los que no están’. Las alevosas omisiones. El silencio brutal. ¿Y? ¿Alguien me lo puede explicar?
Yo pensé porqué puede ser. Y quiero creer que no, pero me cuesta. La selección de la programación da cuenta del estado de la comunidad de la danza de esta ciudad. Crisis que ya lleva unos cuantos meses. Y lo digo no sin pesar. Lo peor del caso es que esto aumenta el malestar, los lazos se rompen más. Aparecen la injusticia, la bronca, la envidia. Y queda demostrado, una vez más, que sigue ganando la diferencia. Que hoy es imposible pensar en la danza como una unidad, como un lenguaje libre. Si lo fuera ¿no aceptaría y aplaudiría la diversidad, los múltiples modos de hacer? Este conflicto, al parecer, sigue poseyendo una fuerte raíz ideológica. De esto me está hablando lo que no está. Brilla por su ausencia. Y cómo.

Los Esmerados, de Silvina Grinberg.





