13 de diciembre de 2008

Concierto

Algunas de estas cosas son las que explicó Llorenç Barber sobre el concierto de campanas.



Será Buenos Aires.

Estamos medios adormecidos. Oír al vecino y darle una buena bofetada envenenada con el golpe. Pero no cuadrada. Disímil, irregular y espasmódica. Sacarle el máximo jugo sónico al campanario. Que suene a gloria. La serpiente sónica es explotar la orquesta en el espacio. El sonido que viaja. Sacar a la calle la orquesta. Y lo que se oye en un lugar que se oiga en otro. El nocturno: la importancia de lo casi perfecto. La música del ‘casi’. Maquinaria rengueante. Grupetes de ataques y largos silencios. Dar el golpe y ver qué pasa. Con esa sensación de marcha ceremonial. Pomposa y fúnebre. Colorear los silencios. Un cachivache. Un armónico en un cencerro, campanita, cascabel o tubo macarrón. O manteniendo un agudo badajito. O no hacer nada. El final es una campana como un gran queso sonoro e insistente. Continuidad y progresión con implicación muscular y nerviosa. El gesto se convierte en un chapapote extraordinario de campanas que lo denuncian todo.

Todo esto soñó el músico.

12 de noviembre de 2008

El V

No voy a abrir ningún paraguas ni me calzaré la armadura. No hace falta. Lo que quiero decir me lo vengo preguntando hace unos días y sabrán que no es cosa trivial. Estoy disfrutando de algunas de las actividades del V Festival Buenos Aires Danza Contemporánea. Me encanta este festival, porque me encanta la danza. Más allá de que pienso que siempre se hace en fechas extrañas, como si se decidiera hacerlo ‘cuando hay algún agujero’ y como salga. Esta sensación también la tuve el año pasado. Pero bueno. Es lo que tenemos. Es el lugar que nuestra sociedad le da a este lenguaje. Así y todo, en esta oportunidad ofrece una gran cantidad de espectáculos gratuitos, espectáculos en proceso, charlas, talleres, proyecciones, laboratorios… en fin, unas cuantas propuestas de lo más acertadas por su valor e interés.
Sin embargo, hay una pregunta que me da vueltas en la cabeza desde que empezó. ¿Qué no aparece aquí? ¿Quién falta? Y me lo pregunto como espectadora. Como estudiante y como curiosa amante de recibir, de disfrutar y de apreciar lo que veo. Me estoy preguntando por la programación de las obras. Son espectáculos que conozco en su mayoría. A varios los vi ya y me gustaron mucho. Otros no. ¿Y qué? ¿No puedo reconocer en ellos el trabajo, el valor, aunque no me hayan gustado? ¿No son ‘aptos’ o ‘idóneos’ y por lo tanto merecedores de un espacio en el Festival? Sí. Entonces está bien que estén. El problema es ‘los que no están’. Las alevosas omisiones. El silencio brutal. ¿Y? ¿Alguien me lo puede explicar?
Yo pensé porqué puede ser. Y quiero creer que no, pero me cuesta. La selección de la programación da cuenta del estado de la comunidad de la danza de esta ciudad. Crisis que ya lleva unos cuantos meses. Y lo digo no sin pesar. Lo peor del caso es que esto aumenta el malestar, los lazos se rompen más. Aparecen la injusticia, la bronca, la envidia. Y queda demostrado, una vez más, que sigue ganando la diferencia. Que hoy es imposible pensar en la danza como una unidad, como un lenguaje libre. Si lo fuera ¿no aceptaría y aplaudiría la diversidad, los múltiples modos de hacer? Este conflicto, al parecer, sigue poseyendo una fuerte raíz ideológica. De esto me está hablando lo que no está. Brilla por su ausencia. Y cómo.



Los Esmerados, de Silvina Grinberg.

'soy el tipo de persona que elige actuar de este modo'

Cuando bajamos la escalera para entrar a la sala más grande del CCC, el performer estaba mezclado con la gente de la cola, saludando a uno por uno con un beso y un apretón de manos, diciendo cosas cálidas en un inglés jocoso completamente inentendible para mí. Llevaba camisa y corbata y los pies desnudos. Su solo fue el espectáculo más lindo que vi este año. Duró algo así como una hora en la que hizo todo lo que se le ocurrió, bailó, acarició el aire, dijo montones de cosas que traducía Alejandro sentado delante del micrófono, siempre conectado con los que estábamos allí, recibiendo.

Grandes y buenos aprendizajes nos dejó este señor generoso, despierto y curioso a quienes tuvimos la alegría de participar de sus clases en el marco de los Seminarios Internacionales organizados por el Instituto de Investigación del Departamento de Artes del Movimiento del IUNA.

Centrar el trabajo en el cuerpo como fuente de goce es una premisa fundamental de cualquier aprendizaje, sobre todo artístico. Ya lo dijo Ana Itelman y tantos otros. Pero a veces nos olvidamos de esto. Tal vez porque como bailarines fuimos formados técnicamente a fuerza de sacrificio y golpes. Con la única meta de parecernos lo más posible a algo inalcanzable como es un ideal. Ante este tipo de aprendizaje técnico, reconocer los logros y el disfrute dificilmente podía considerarse una actitud positiva.

Por eso le agradezco, señor Andrew Morrish, que después de cada ejercicio, por sencillo que fuera, nos haya dado unos minutos para pensar en las cosas que más nos gustaron e interesaron del trabajo. ¿Cómo pudimos olvidarnos de algo tan simple?

7 de octubre de 2008

La pequeña vendedora de fósforos

En el marco de la muestra de Delius Todo Junto, vamos a hacer cuatro funciones de kamishibai (teatro de papel) de La pequeña vendedora de fósforos de Hans Christian Andersen, con dibujos de Delius y adaptación de mía. La entrada libre y gratuita, con capacidad limitada.




La muestra inaugura el viernes 10 de octubre a las 19.00 hs.
en LDF espacio de arte, Perú 711, dto. 3 y podrá ser visitada los días miércoles a sábado de 18 a 21 hs.; hasta el 7 de noviembre.

Las funciones serán los sábados 11, 18 y 25 de octubre y el 1 de noviembre, a las 19.00 hs.







Los espero, están todos invitados!

23 de septiembre de 2008

Adoquines


Hay un asunto civil que me tiene un tanto enfurecida, atristezada y llena de indignación. Se trata de los adoquines. Hace unos cuantos días que me vengo encontrando montañas de estos cubotes pesados y macizos en las veredas, después de haber sido extirpados de su lugar, el único lugar en el que deben estar.
¿Qué vamos a hacer ahora, eh? Porque no existe nada que pueda reemplazar a este suelo sin el que, lo sabemos bien, las calles de los barrios ya no serán las mismas.
¿A quién se le ocurre? En mi opinión, es un argumento muy pavote es ese de que ‘los quitan por mayor seguridad’ y que ‘los adoquines son resbaladizos’ y que ‘hay muchos baches’. Si hay baches ¿Por qué no los arreglan? Si los suelos adoquinados de los barrios resbalan entonces que los vehículos sigan haciendo lo que hacían hasta ahora y que vayan más lento y con más cuidado. Mientras, los motorizados pueden disfrutar del paisaje y de la intimidad de una calle desconocida. Casi todos los autos que se meten en el pasaje Jantin, se pierden y tienen que parar ante la duda de si doblan a la derecha o a la izquierda. Cuántas veces pude verlos, detenidos al llegar a la esquina, mirando para un lado y para otro sin saber cómo seguir. Puede ser una experiencia interesante no saber para donde disparar. Ahora, si asfaltan el pasaje, es posible que terminen estrolados contra la rampa de hormigón que no lleva a ningún lado, o contra algún árbol, casa o vecino tomando mate en la reposera.
Lo peor del caso es que un señor me comentó que los piensan vender a tres pesos para colocarlos en los countris. ¿Será verdad? Esta medida sí que es de muy mal gusto. ¿No nos deberían haber preguntado a nosotros antes de arrebatarnos así nuestro paisaje? Yo no quiero ese suelo alisadito y maricón del asfalto. ¿Y los pobres adoquines irán a parar a Nordelta? No deja de parecerme muy absurdo todo esto.
Esta foto tan hermosa es de Horacio Coppola. Sí, otra forma de vivir el tiempo, eso es lo que tienen los adoquines. Los divertidos de los countris en una de esas lo entienden. O no.