18 de marzo de 2009

School of Seven Bells

Fui a comprar el insecticida para la intrépida mosquita blanca del duraznero. Los días de más calor, en Jantin, mientras hacíamos el mural con mamá, fue como si estuviera nevando de tantas que había. Por todo el patio. Tienen el desplazamiento de los copos de nieve. Sin rumbo y a esa velocidad intermitente, esquizofrénica.

Como en las clases donde los modelos pedagógicos van de la mano y a veces se adelanta uno y quedás suspendida, ingrávida por momentos y por otros vas como loca.

Conseguí al ‘uno de los dos más altamente recomendados’ y ya lo tengo guardado para aplicarlo pronto. Y sacarle una foto al milagro secreto que plantamos en el centro del patio.

También me compré mi tan ansiado tomillo y una maceta de terracota donde ya se luce entre las otras amigas del balcón.

Pampita cruda

28 de febrero de 2009

Crónica de la intermitencia montevideana por venir

Páinamar no es una cuadrícula. Las calles trazan distintas figuras y es posible que después de caminar unos cuantos metros uno se tope con las mismas casas y caminos por los que ya anduvo. Está grillada con firuletes. Ya habíamos notado esas curvaturas extrañas en el mapa que conseguimos en la casa de turismo, en la calle florida, durante esos días en que ya se está saboreando el paraje al que se dispone a ir a descansar. Pero recién acomodados en los asientos que nos transportaban al mar notamos lo curiosos de algunos de sus nombres: Del Escualo, De la Sirena , Del Congrio, De la Palometa.

Siempre ir a la playa por un camino distinto. En todos ver casas hermosas, estrafalarias, opulentas, vacías o habitadas, pero salvo algunas que nos quedaron fijadas por lo raras, sucias y abandonadas, todas son tipas muy bien mantenidas. En uno de estos recorridos apareció entonces la senda De las noctilucas. Y me invadió toda la magia de Cabo Polonio, lo maravillosas que eran. ¡Cuánta ansiedad! ¿Habría noctilucas en Páinamar? Hicimos la prueba esa misma noche, mientras íbamos hacia el sur por ese espejo movedizo que une mar y playa, donde van a morir las olas. Es en esta superficie donde las había visto aquella única vez. Detrás de una que se fue corrí a buscar a esas chispas fluorescentes con mi zapateo fuerte y seco. No pasó nada. Lo intenté otra vez. Lo repetí varias veces cada vez con más fuerza. Nada. Esa arena era más blanda que la del cabo, mis pies se hundían y dejaban pocitos y los golpes sonaban fofos, pinchados. No había noctilucas, o por lo menos, yo no las había despertado.


Fui a abrazar a mi novio, que se había quedado quieto y callado frente al océano. Y entre la espuma, de repente, apareció una lucecita. Estaba ahí nomás, surfeando. Era una luz amarilla fuerte, se encendía y se apagaba como un pin luminoso. La vimos los dos juntos al mismo tiempo y nos pusimos locos por el hallazgo. No había forma de soltarnos de esa cosita sorprendente que por momentos se perdía entre tantas ondulaciones y que de a poco se fue acercando a la orilla. Era un bichito de luz.


Nos dijo que nos olvidemos de ellas, que hacía tiempo que habían migrado hacia el sur porque por esas playas nadie les daba bola. Que en todo caso nos fijáramos por las Toninas, Reta o Montevideo, que en una de esas teníamos suerte pero que tampoco estaba muy seguro. Vino una ola y lo desplazó otro poco más. Ya casi tocaba la arena seca mientras seguía con su luz intermitente cuando lo dejamos para seguir con nuestro viaje.

13 de diciembre de 2008

Concierto

Algunas de estas cosas son las que explicó Llorenç Barber sobre el concierto de campanas.



Será Buenos Aires.

Estamos medios adormecidos. Oír al vecino y darle una buena bofetada envenenada con el golpe. Pero no cuadrada. Disímil, irregular y espasmódica. Sacarle el máximo jugo sónico al campanario. Que suene a gloria. La serpiente sónica es explotar la orquesta en el espacio. El sonido que viaja. Sacar a la calle la orquesta. Y lo que se oye en un lugar que se oiga en otro. El nocturno: la importancia de lo casi perfecto. La música del ‘casi’. Maquinaria rengueante. Grupetes de ataques y largos silencios. Dar el golpe y ver qué pasa. Con esa sensación de marcha ceremonial. Pomposa y fúnebre. Colorear los silencios. Un cachivache. Un armónico en un cencerro, campanita, cascabel o tubo macarrón. O manteniendo un agudo badajito. O no hacer nada. El final es una campana como un gran queso sonoro e insistente. Continuidad y progresión con implicación muscular y nerviosa. El gesto se convierte en un chapapote extraordinario de campanas que lo denuncian todo.

Todo esto soñó el músico.

12 de noviembre de 2008

El V

No voy a abrir ningún paraguas ni me calzaré la armadura. No hace falta. Lo que quiero decir me lo vengo preguntando hace unos días y sabrán que no es cosa trivial. Estoy disfrutando de algunas de las actividades del V Festival Buenos Aires Danza Contemporánea. Me encanta este festival, porque me encanta la danza. Más allá de que pienso que siempre se hace en fechas extrañas, como si se decidiera hacerlo ‘cuando hay algún agujero’ y como salga. Esta sensación también la tuve el año pasado. Pero bueno. Es lo que tenemos. Es el lugar que nuestra sociedad le da a este lenguaje. Así y todo, en esta oportunidad ofrece una gran cantidad de espectáculos gratuitos, espectáculos en proceso, charlas, talleres, proyecciones, laboratorios… en fin, unas cuantas propuestas de lo más acertadas por su valor e interés.
Sin embargo, hay una pregunta que me da vueltas en la cabeza desde que empezó. ¿Qué no aparece aquí? ¿Quién falta? Y me lo pregunto como espectadora. Como estudiante y como curiosa amante de recibir, de disfrutar y de apreciar lo que veo. Me estoy preguntando por la programación de las obras. Son espectáculos que conozco en su mayoría. A varios los vi ya y me gustaron mucho. Otros no. ¿Y qué? ¿No puedo reconocer en ellos el trabajo, el valor, aunque no me hayan gustado? ¿No son ‘aptos’ o ‘idóneos’ y por lo tanto merecedores de un espacio en el Festival? Sí. Entonces está bien que estén. El problema es ‘los que no están’. Las alevosas omisiones. El silencio brutal. ¿Y? ¿Alguien me lo puede explicar?
Yo pensé porqué puede ser. Y quiero creer que no, pero me cuesta. La selección de la programación da cuenta del estado de la comunidad de la danza de esta ciudad. Crisis que ya lleva unos cuantos meses. Y lo digo no sin pesar. Lo peor del caso es que esto aumenta el malestar, los lazos se rompen más. Aparecen la injusticia, la bronca, la envidia. Y queda demostrado, una vez más, que sigue ganando la diferencia. Que hoy es imposible pensar en la danza como una unidad, como un lenguaje libre. Si lo fuera ¿no aceptaría y aplaudiría la diversidad, los múltiples modos de hacer? Este conflicto, al parecer, sigue poseyendo una fuerte raíz ideológica. De esto me está hablando lo que no está. Brilla por su ausencia. Y cómo.



Los Esmerados, de Silvina Grinberg.

'soy el tipo de persona que elige actuar de este modo'

Cuando bajamos la escalera para entrar a la sala más grande del CCC, el performer estaba mezclado con la gente de la cola, saludando a uno por uno con un beso y un apretón de manos, diciendo cosas cálidas en un inglés jocoso completamente inentendible para mí. Llevaba camisa y corbata y los pies desnudos. Su solo fue el espectáculo más lindo que vi este año. Duró algo así como una hora en la que hizo todo lo que se le ocurrió, bailó, acarició el aire, dijo montones de cosas que traducía Alejandro sentado delante del micrófono, siempre conectado con los que estábamos allí, recibiendo.

Grandes y buenos aprendizajes nos dejó este señor generoso, despierto y curioso a quienes tuvimos la alegría de participar de sus clases en el marco de los Seminarios Internacionales organizados por el Instituto de Investigación del Departamento de Artes del Movimiento del IUNA.

Centrar el trabajo en el cuerpo como fuente de goce es una premisa fundamental de cualquier aprendizaje, sobre todo artístico. Ya lo dijo Ana Itelman y tantos otros. Pero a veces nos olvidamos de esto. Tal vez porque como bailarines fuimos formados técnicamente a fuerza de sacrificio y golpes. Con la única meta de parecernos lo más posible a algo inalcanzable como es un ideal. Ante este tipo de aprendizaje técnico, reconocer los logros y el disfrute dificilmente podía considerarse una actitud positiva.

Por eso le agradezco, señor Andrew Morrish, que después de cada ejercicio, por sencillo que fuera, nos haya dado unos minutos para pensar en las cosas que más nos gustaron e interesaron del trabajo. ¿Cómo pudimos olvidarnos de algo tan simple?