Siempre ir a la playa por un camino distinto. En todos ver casas hermosas, estrafalarias, opulentas, vacías o habitadas, pero salvo algunas que nos quedaron fijadas por lo raras, sucias y abandonadas, todas son tipas muy bien mantenidas. En uno de estos recorridos apareció entonces la senda De las noctilucas. Y me invadió toda la magia de Cabo Polonio, lo maravillosas que eran. ¡Cuánta ansiedad! ¿Habría noctilucas en Páinamar? Hicimos la prueba esa misma noche, mientras íbamos hacia el sur por ese espejo movedizo que une mar y playa, donde van a morir las olas. Es en esta superficie donde las había visto aquella única vez. Detrás de una que se fue corrí a buscar a esas chispas fluorescentes con mi zapateo fuerte y seco. No pasó nada. Lo intenté otra vez. Lo repetí varias veces cada vez con más fuerza. Nada. Esa arena era más blanda que la del cabo, mis pies se hundían y dejaban pocitos y los golpes sonaban fofos, pinchados. No había noctilucas, o por lo menos, yo no las había despertado.
Fui a abrazar a mi novio, que se había quedado quieto y callado frente al océano. Y entre la espuma, de repente, apareció una lucecita. Estaba ahí nomás, surfeando. Era una luz amarilla fuerte, se encendía y se apagaba como un pin luminoso. La vimos los dos juntos al mismo tiempo y nos pusimos locos por el hallazgo. No había forma de soltarnos de esa cosita sorprendente que por momentos se perdía entre tantas ondulaciones y que de a poco se fue acercando a la orilla. Era un bichito de luz.
Nos dijo que nos olvidemos de ellas, que hacía tiempo que habían migrado hacia el sur porque por esas playas nadie les daba bola. Que en todo caso nos fijáramos por las Toninas, Reta o Montevideo, que en una de esas teníamos suerte pero que tampoco estaba muy seguro. Vino una ola y lo desplazó otro poco más. Ya casi tocaba la arena seca mientras seguía con su luz intermitente cuando lo dejamos para seguir con nuestro viaje.





