13 de marzo de 2007

Bailar


A ver. Somos "estas dos minas" (como dice Vicky) con el espejo, que nos muestra lo que no es y si nos gusta o si no. Y si bien ya nos estamos haciendo amigos no se parece, ni de lejos, a una mirada. Es otra cosa. Es un rebote referente obsesionante. Pero ayuda sin duda. Es crucial dentro de la incubadora. Pero hay que controlarse porque genera adicción.
Hace unos días vino Die, con su gran ojo. Gracias a Dié! Los bailes andan atacando y lisergiándose con nuevas cosas que pasan.
Está sucediendo lo que habíamos pensado en un principio, trabajar el movimiento como construcción de "material en blanco" sobre el que luego se imprimirán ritmos, impulsos e intenciones. Sentidos. Pero no "un" sentido.
Entonces hablamos de que el bailarín tiende a buscar y ocuparse de la forma, mientras que el actor se deja atravesar por las fuerzas de lo que sucede pero no controla sus movimientos. Están los dos ahí luchando. Las dos minas están luchando. Están jugando. Está divertido todo esto. Mirá cuando lo amueblemos. ¿Cuántos lugares podrán hablar algún día? Será preciso caminar mucho. Me encanta caminar!
Este filo es uno de los aspectos que más me interesan de la danza. El equilibrio entre control y libertad, técnica y riesgo. Y en algún sentido, forma y contenido. Sobre esta premisa encontré interesantes reflexiones de Ana Itelman en "Archivo Itelman". Y también encontré esta foto vieja de Valeska Gert. Está como suspendida en un sueno y a la vez está muy presente en esa posición. Hace anos que la miro y me resulta de un equilibrio maravilloso. Y siento que lo que está en equilibrio es una pregunta.

9 de marzo de 2007

Chez Ari

Vengo de andar cantando por la calle Oliden, "questa vita che volevo dare a te l'hai sbriciolata tra le dita", es una parte del clásico "L’appuntamento", de Ornella Vanoni. Llego y suelto todo lo que tenía agarrado. Un café y el regio regusto de unos diálogos conmigo. La araña no tiene la culpa de resultarme tan horrorosa. Habría que ver qué le pasaría si se mirara al espejo. Qué idea tonta mirarse al espejo. En ciertas ocasiones puede ser contraproducente. Pero no la luna. Esta gata se llama Luna pero en realidad podría llamarse Calipso o Amaltea, por ser tan de otro planeta. O tal vez Araña. Pero no. Gato. No soy gato, soy gata, dice Luna. Para mí ella también se quedó con ganas de conocer tu chart.

18 de febrero de 2007

Laninópolis

En algún momento el reloj pulsera desapareció y no lo pude encontrar hasta la vuelta. Qué cosa las cosas cómo se quedan donde se les da la gana. No quiso prestarse quizá. Se apichonó con tantas bandurrias y teros alrededor. Acampé frente al cerro Los Ángeles, en Bahía II, para subir al Chivo después del amanecer. Bien empinadito resultó. Casi en el límite entre bosque y roca, hasta donde me dejaron subir, aparecían los secretos. Los zapatitos de duende, los amancay, las frutillas. El vuelo oblicuo de las avispas y tantas pero tantas mariposas. Para no lastimarme los meniscos en el descenso, no hubo mejor técnica que la del culopatín. Fueron un hallazgo las criollitas con chocolate amargo de postre, mientras el fuego iba ganando su inusual lugar. Mirar el fuego. Pero tuvo que morir en la gloria porque ya estábamos para irnos a dormir. Buenas noches y gracias, astronave cometa. No sabía que podías ser tan claro. En Ecufué, que quiere decir cascada del diablo, encontré tierra amarilla. Camino de población Aila mucha caña, liebres, más mechay y rosa mosqueta, lagartijas ahí donde crujían las hojas y auténticos pájaros locos. Después Laguna Verde y el camino del Escorial, todo de suelo negro. Quise recoger arena volcánica del mismo Achen Niyeu, hasta que se metió una araña en la bolsa y me asusté. Mejor de lejos las arañas.
Frente a la plaza de Junín de los Andes hay un polirrubro, como un kiosco con muchas cosas útiles y algunas rarezas. En una caja encontré un libro de Ediciones de La Flor, Cuento N° 1 de Eugene Ionesco, con ilustraciones de Juan Marchesi. Yo lo había leído varias veces cuando era chica y volver a abrirlo fue como si se hubiera ejecutado un golpe de gong en mi caja torácica. Pagué los tres pesos que valía y me fui a la casa de María Cahuin para que vayamos a juntar arcilla al parque Vía Cristi (o Vía Crisis, como le decía Tato Corte). En realidad hay buena arcilla en toda la provincia. Lo que sucede es que hay que saber donde está. Así que con una pala llenamos dos grandes bolsas y después dejamos unas monedas en una plantita que había al lado, como hay que hacer.

29 de diciembre de 2006

vos papelito

Porque abrí ese cajón donde están los papelitos que no puedo tirar fue que me acordé de vos. El Pupo me mira y pienso en que tengo que sacar las nueces del horno para que no se quemen, charlar a la vez con él, seguirle la conversación, en fin. Qué difícil se hace esto a veces. A veces las nueces se queman o se quema el dedo. Le sale una ampollotota a la que tendré que atender en lo sucesivo. No se puede estar en tantas cosas al mismo tiempo. Pero ¿quién no lo está? ¿es posible vivir de otra manera? Yo intento vivir tanto en mis pies como en mis sueños y así y todo no siempre estoy contenta. Suelo dar volantazos, como dice Diegui. La contractura terminó en llanto. Se juntaron Vicky, David Byrne y la vertical desde la tapa de la cabeza. Se abrieron mis dorsales, algo se jugó y gané un lugar. Un patio de fondo con pileta. Guau qué dicha, señores. Decía que suelo estar en varias cosas a la vez. Ahora no soy la misma, pero sí lo soy. Es decir, soy la misma persona pero no soy la misma persona. Papá soltó el globo aerostático y nos dejó a todos suspendidos en él. Nos fuimos con ese globo y pensé en el que él era cuando tenía ocho años y se robaba frutas de las quinta de los curas y se chapaba los mejillones que entonces abundaban en el puerto. Compraba una bolsa gigante de camarones frescos que nos enseñaba a pelar y que finalmente vaciábamos en algún sitio que prestara su sombra. Desde allí se veían los globos de gas, que sabemos que ya no están. Entonces la Ñaña propuso que, ni bien despegara, le tiremos con las bengalas, tipo misil. Y pensar que el año pasado habíamos escrito cada uno un deseo y se los habíamos pegado al globo nave de deseos superhéroes voladores. Al final no le tiramos con la bengala, porque ya no quedaban. Igual a mí mucho no me copa la pirotecnia. Me da miedo. Crecí y tomé conciencia y las cosas que hacía cuando era una nena sencillamente se fueron con ella. Por suerte tengo mi cajita de música que sino no sé. Hace la danza del globo para que se llene de aire. Ya va y qué habrá sido de vos y porqué no fui esa noche a verte y ya no te vi más. Las cosas que tendría ahora dentro. De los cajones de los papelitos que no se pueden tirar, que no se quieren romper.

11 de diciembre de 2006

La Salada

Cuando era una nena y llegaba el verano iba a la colonia con mis hermanas. La colonia era en La Salada. Bastante temprano sonaba la bocina de Don Héctor, señal de que el micro ya estaba en la puerta esperándonos. Nosotras nunca estábamos listas. Lejos de eso, hubo una vez en que mi mamá salió a la vereda con el turbante en la cabeza, y eso que todavía vivíamos sobre la avenida Boedo. Ella preparaba la vianda por tres. Todo lo preparaba por tres. Cada una tenía una valijita de lata, con un termo. La mía era la del Chapulín Colorado y todavía la tengo. La de María Delia era la de Sarah Kay y la de Agnese la de Plaza Sésamo.
El viaje era largo y supongo que por eso salíamos tan temprano. Cuando por la izquierda el camino bordeaba un riacho yo me daba cuenta de que estábamos por llegar. Desensillábamos en un gran quincho ubicado en medio del parque, que era una especie de centro de operaciones.
A la mañana hacíamos gimnasia. Don Héctor era el entrenador. Todos nos colocábamos intercalados en un claro rodeado de eucaliptos. Podía pasar que en medio de la ejercitación te cayera una gata peluda encima. Esto ocurría con frecuencia. A veces aparecían árboles forrados con gatas peludas. Don Héctor las liquidaba prendiéndolas fuego. Era impresionante ver la llamarada de bichos consumiéndose y cayendo hasta convertirse en una mancha humeante.
Después de hacer gimnasia teníamos clase de natación. A mí no me gustaba esa clase y encima a la mañana el agua estaba fría. Lo más lindo era la pileta libre, pero para eso faltaba mucho todavía. Después de almorzar teníamos que hacer la digestión y no podíamos meternos al agua. Entonces nos pasábamos un buen rato por ahí. Los varones siempre se iban a buscar bichos. Y los encontraban. Aparecían con frecuencia orugas, que para nosotros eran gusanos gigantes y peludos de colores vivos. Los chicos se encargaban de destrozarlas con algún palito. Un acto valeroso que todos los presentes apoyábamos con asombro. Una vez, se armó un revuelo lindo cuando encontraron, en uno de los caños de desagote, dos avispas rojas bastante grandes comiéndose una tarántula. En estos casos bastaba que llegara la noticia para que todos nos apretujáramos y empezáramos a los empujones para ver el espectáculo. También solían aparecer arañas enormes. Yo por suerte nunca me encontré a solas con ninguna.
Si me lastimaba iba a donde estaban Don Héctor y los otros mayores. Había uno que decían que era el médico porque con ese iban todos cuando se lastimaban. Era un hombre morocho y menudo, con anteojos, bastante simpático. Le mostraba mi codo lastimado y me decía “Uy, esto es grave, hay que amputar” y yo no sabía lo que era. Después me daba cuenta de que me estaba cachando.
Unos minutos antes de la hora de la pileta libre, todos nos acomodábamos en el borde. Don Héctor se metía y caminaba unos pasos en el agua, se daba vuelta y decía “Uy, qué mojada que está el agua hoy, che”. Este chiste lo hacía siempre y ya a nadie le causaba gracia. Y sin embargo él siempre se reía, lo que me llamaba mucho la atención. Entonces nos decía que no nos metiéramos hondo y por fin hacía sonar el silbato. En respuesta un griterío de felicidad y un aluvión desaforado que ya conquistaba el gran rectángulo de agua salada. Así empezaban las mejores horas del día en la colonia de La Salada.