Para ver al hombre de acento ruso con el que había hablado me tomé el 160, después el E, luego combiné con el C, ya en Retiro abordé el Mitre ramal id. (guay que casi me subo al Suarez y ahí te quería agarrar) para bajarme en la estación algo así como Catrangolo le dije al boletero, que me corrigió, risueño. Ya en esa estación fui por la rampa y seguí de largo bordeando las vías. Iba llegando a los cien metros cuando empecé a sospechar que debía haber otra forma de cruzar; volví y vi un puente por debajo. Por suerte me tocó un día de sol. Había calculado dos horas y llegué con unos minutos de ventaja.
Me abrió un hombre alto, un tanto agitado, de pelo largo blanquiamarillento y con unos cuantos dientes de oro. Casi sin hablar y en cuestión de segundos me indicó el asiento y cuando ya desaparecía le pregunto cortito y bajo “¿perdonpodriairalbaño?” y entonces me señala la puerta y nuevamente desaparece.
Terminó de atender y me hizo pasar. Fueron quince minutos. Mi fecha de nacimiento y después silencio. Unos suplesses y a la camilla. En estas experiencias es elemental que el cuerpo esté entregado. Si hay tensión se corre el riesgo de lastimarse. No me costó aflojarme y fue tal el alivio que por momentos me agarraba la risa. Hizo seis movimientos, dos en cada posición y en todos resonaron mis vértebras, desde el atlas hasta el coxis. Que haga un ejercicio en bolita con la espalda al piso, provocando un vaivén, todos los días, dos minutos. Yo cumplo.
Salí toda marioneta descangayada feliz renovada desarticulada completamente ida y ganada por el sol celeste pura delicia.
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2 comentarios:
je..
ji ji
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